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Un mundo sin ellos – Por Francisco Pomares

   

Ya dije que me caen mal los funcionarios: envidio la seguridad displicente que da saber que va uno a jubilarse en la misma silla, viendo pasar uno tras otro a un montón de jefes eventuales e imbéciles, que nunca van a poder meterte en cintura. Y envidio la forma en que te miran como sin verte, porque eres el único cliente que no tiene el derecho del cliente a tener siempre razón. Y envidio esa sonrisa híbrida entre desinteresada y torva, con la que te dicen “lo siento, no está bastanteado”. Y -sobre todo- envidio el hueco que dejan cuando salen a desayunar, cuando están de asuntos propios o cuando andan de baja.

O sea, que es verdad que me caen mal los funcionarios (confieso que algo tendrá que ver el estar casado con una), pero a lo peor es culpa mía: todo empezó hace veinte años, cuando critiqué en un suelto la huelga de Secundaria. Me llegaron decenas de cartas al director, algún insulto anónimo al buzón de casa y hasta una señora crispada me llamó por teléfono y me contó tooooda su vida, incluyendo la confesión de que el comportamiento de sus alumnos le daba mucho miedo. “Como a mí el de mi hipoteca”, pensé decirle (las hipotecas eran entonces más erráticas que ahora), pero me callé. Mis padres no me educaron para ser descortés con las señoras.

A veces creo que el sentimiento es mutuo y que a los funcionarios también yo les caigo mal: me he sentido maltratado por empleados públicos en hospitales y en juzgados, en el registro de la Universidad y en la puerta de la Seguridad Social, en la antesala del despacho de un director general y en la cola de Hacienda, viendo cómo un jefe de sección atildado le contaba sin reparo y con lujo de detalles su emocionante fin de semana en el Sur a la auxiliar administrativa que tenía que atenderme. Pues eso.

Dicho lo cual, sólo quiero hacer constar que -aunque me caen muy mal- no entiendo un mundo sin empleados públicos, un mundo con un estado raquítico y acobardado, donde sólo exista el mercado y donde todo este privatizado. Ayer escuche en una cola de un bar low-cost a un ciudadano comentar que el PP pretende privatizar también las pensiones. Su colega le contesto que por lo menos habrá menos funcionarios. Bueno, hoy hay menos trabajadores públicos -bastantes menos- que hace tres años. Y no tengo nada claro que este sea un mundo mejor para la mayoría. Puede que para unos pocos sí lo sea.