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Ni blasfemia ni violencia – Por Juan Pedro Rivero*

   

Con frecuencia le suelen preguntar a uno si algo es o no pecado. Hacer “esto” o lo “otro” ¿es pecado? Conviene recordar que “pecado” es un concepto religioso que hace referencia a la voluntad de Dios a la que “esto” o lo “otro” puede ser contrario. Para hablar de “pecado” hace falta hacerlo desde la perspectiva de la fe. De lo contrario se habla de falta, hasta de delito, pero esos conceptos son jurídicos y no religiosos. Una acción mala es pecado si contradice la voluntad de Dios; voluntad que los cristianos conocemos a través de la recta razón y de la palabra de Cristo. La blasfemia es pecado. Tal vez no sea delito, o porque no esté sancionada como tal en un ordenamiento civil o porque algunos amparan esas manifestaciones irreverentes en la libertad de prensa o en otras libertades sociales. El segundo mandamiento del Decálogo -no tomarás el nombre de Dios en vano- incluye, evidentemente, el no blasfemar. Como decía San Agustín, “el nombre de Dios es grande allí donde se pronuncia con el respeto debido a su grandeza y a su majestad. El nombre de Dios es santo allí donde se le nombra con veneración y temor de ofenderle” (San Agustín, De sermone Domini in monte, 2, 5, 19). Por otro lado, y en relación al quinto mandamiento del decálogo, “causar la muerte a un ser humano es gravemente contrario a la dignidad de la persona y a la santidad del Creador” (CEC número 2320). La violencia injustificada que ocasione la muerte de una persona privándola del don más importante que posee -la vida- es un atentado contra la santidad de Dios. Una especie de “blasfemia” al Creador. Debemos aprender a respetarnos, a cuidar que el insulto y el daño verbal no sea fácil arma arrojadiza que se derrama como si no pasara nada. Pero no podemos responder con violencia a la violencia. No hace mucho que, en el debate social, han aparecido propuestas de legislar contra la violencia, incluso verbal, en los estadios de fútbol, para evitar que se repita lo que ocurrió en los exteriores del Vicente Calderón, en la ribera del Manzanares. Ni insultos, ni violencia. Ni blasfemias, ni asesinatos fríamente calculados. Jesús nos enseñó que toda la ley y los profetas se resumía de una extraordinaria manera: “Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”. Todo el decálogo en 14 palabras. Un único mandamiento que haría más humana la vida social. No se puede, pues, evitar la blasfemia con una blasfemia mayor.

*Rector del Seminario Diocesano
@juanpedrorivero