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Orígenes – Por Indra Kishinchand

   

Tuve la sensación inexplicable de haber sobrevolado el abismo y no hacía más que planear sobre él, a la espera de que llegara el momento perfecto para caer. Como si ese instante se pudiera elegir. Era joven e ingenuo y en aquel entonces todo estaba bajo el control de mí mismo.

Lo curioso es que yo había decidido no querer más y ni siquiera mis manos eran capaces de obedecer. Era un asunto complejo para alguien que creía dominar hasta sus lágrimas. También me había prometido mudarme a otro mundo, y me topé con la certeza de que no tenía otro lugar donde pudiera respirar. Resultó que mis decisiones nunca se correspondían con mis actos y todos me preguntaban cómo pretendía conseguir aquello que más ansiaba. “Sin vuestras preguntas”, contestaba yo; intentaba que no se dieran cuenta de que, cuanto más cuestionaban mi método, más lo hacía yo.

Más me derrumbaba con o sin motivo. Con total seguridad eso es lo que buscaban. Pero yo no anhelaba más que la supervivencia y para conseguirlo solo necesitaba a la desconfianza como aliada.

Y así decidí perdurar a todo y a todos, forjar mi memoria a base de desencuentros y entender que mis determinaciones me habían lanzado al precipicio. Allí acabé solo y ahogado entre mentiras. Porque no existe otro final para quien, algún día, en un momento de lucidez, decidió que querer no sería un buen final.