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Partida de inútiles – Por Miguel Tejera

   

Los últimos días, la totalidad de los hospitales públicos de Canarias han vivido instantes endiablados, con los servicios de urgencias desbordados por el colapso de cientos de pacientes que acudían a ser tratados de la gripe y las dificultades respiratorias derivadas de la calima. Hemos vivido momentos indescriptibles y tercermundistas, con los pasillos de los centros rebosantes de camillas y sillas de ruedas en las que esperaban asistencia centenares de paisanos, de todas las edades, aquejados por un repunte gripal que se ha mezclado con los efectos de la calima, generando pluripatologías en pacientes de mayor edad y en ciudadanos no tan mayores, porque muchos han sido niños, que necesitaban hospitalización. Pero no ha habido camas. Ni personal médico ni sanitario suficientes para afrontar la marea de dolencias que ha sacudido a la población, encaminándola a los hospitales insulares, en los que no existía ni siquiera espacio para dar cabida, cobijo y techo, a tanto enfermo. Y esto sólo puede ocurrir en una sanidad pública gestionada por inútiles. Se comprende que no me refiero a los médicos, ni al restante personal sanitario que se mueve en cada centro en cualquiera de nuestras islas. Estoy hablando de los políticos incompetentes que administran nuestra salud y que, vista la situación, le echan la culpa al frío y al polvo en suspensión, es decir, a episodios de frío y calima no previstos. Los responsables de la salud de los canarios a nivel político afirman que la situación de desbordamiento hospitalario era inevitable. Lo que parece desgraciadamente inevitable es que la sanidad de los isleños esté en manos de gestores tan ineficaces como ineptos.

El frío y la calima, sobre todo la calima, son fenómenos muy corrientes en Canarias en los meses de diciembre. Y sobre todo de enero y febrero. Son meses en los que a lo mejor llueve menos que en noviembre o en marzo, pero son meses condenadamente fríos en comparación con el resto del año y, sobre todo, son semanas en las que la calima, el polvo en suspensión llegado del desierto, ocasiona serios trastornos en el aparato respiratorio de los ciudadanos. Y una situación así tiene que estar prevista siempre. Nos gobierne quien nos gobierne. Sea del partido que sea; sea el ejecutivo monocolor o de coalición, como es el actual caso. Lo que pasa, realmente, no es que haya más frío y más calima. Lo que pasa es que hay menos médicos y enfermeros. Y menos auxiliares. Y menos ambulancias. Y más recortes y más ajustes y más, mucha más falsa austeridad en un sector vital para la población, como es la sanidad. Y no hay espacio porque los hospitales están viejos y obsoletos. Y los que están nuevos, como el comarcal de Icod, no dispone de habitaciones con camas para hospitalización. Y porque lo de la salud pública en Canarias es cosa de locos. Y de desidia, holgazanería y ociosidad de quienes diseñan los planes de atención sanitarios, incapaces de prever una emergencia médica que no ha matado a la gente porque, sencillamente, el virus que está causando esta gripe está identificado por los médicos y no ha mutado, de manera que quienes se vacunaron, han podido soslayar la gripe, aunque ciertamente no hayan podido combatir la calima. Y los que no se vacunaron no se van a morir, pero lo están pasando canutas. ¿Saben lo que no hay, señores? Pues interés en convertir la sanidad pública en una cuestión de estado. Sanidad, educación e investigación son los patitos feos de unos políticos que, por ejemplo, pretenden llevar el tren del sur a Candelaria. Pues no. El tren del sur que espere. Primero están los hospitales, su equipamiento humano, es decir, profesional. Primero está curar a la gente, facilitarle atención médica. Y, por cierto, primero están los nuevos medicamentos para la hepatitis C.

El tren de Candelaria, que espere. A Candelaria se puede ir en guagua, en coche o, si se tercia, caminando. Los hospitales isleños no pueden aguardar. Y lo que primero que se debe hacer es arrojar a la calle a la pandilla de inútiles que gestiona nuestra salud. Poniéndola en manos de auténticos profesionales. Pero no sucederá… Los canarios somos las víctimas propiciatorias de nuestra clase dirigente. Ni la Divina Providencia nos quitará de encima a la caterva de politiquillos mentecatos y paletos que nos han tocado en mala suerte. ¡Qué Dios nos coja confesados!