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El precio de la vocación

   
Alrededor de 150 padres participaron en el encuentro con los responsables de la ULL. / FRAN PALLERO

Alrededor de 150 padres participaron en el encuentro con los responsables de la ULL. / FRAN PALLERO

SARAY ENCINOSO | La Laguna

Ya han cumplido los diecisiete años. Algunos, incluso, dieciocho. Solo quedan pocos meses para el gran cambio. Tienen miedo, pero también muchas ganas de empezar una carrera. Saldrán más, ligarán más, irán a más fiestas, se independizarán y estudiarán solo lo que les gusta. La mayoría de los alumnos de Bachillerato que estos días han visitado la Universidad de La Laguna espera que así sea su vida a partir de septiembre. Sus padres también han acudido a alguna de las actividades que ha organizado el centro dentro de su calendario de jornadas abiertas. Ellos, sin embargo, tienen otras expectativas y preocupaciones distintas: cuánto y cómo pagar los estudios, qué ayudas pueden solicitar a la institución, al Ministerio o al Gobierno de Canarias y si sus hijos, una vez que terminen, podrán irse a cualquier país europeo con la garantía de convalidar el título y encontrar un empleo.

La institución lagunera ha recibido esta semana a 7.500 estudiantes de instituto y Formación Profesional, la cifra más alta de la historia. La crisis, que ha hecho que el número de alumnos descienda en muchos centros, ha afectado especialmente a los que ya estaban cursando algún grado, pero no tanto a los de nuevo ingreso. Los responsables de la ULL intentan transmitir siempre un mensaje claro tanto a padres como a hijos. Deben perseguir su vocación, pero siempre sin perder de vista la realidad y las posibilidades de éxito: no es viable matricularse de Astrofísica si se ha cursado el Bachillerato de Humanidades. En esa idea se insistió bastante el miércoles, cuando a primera hora los chicos llegaron al aula magna de Guajara, y también el jueves, cuando el Vicerrectorado de Alumnado recibió a las familias en un encuentro que se celebró en un horario más asumible para los progenitores -de 19.00 a 21.00 horas- . Muchos alumnos, además, visitaron el viernes el Colegio Mayor de San Fernando, donde pudieron ver cómo puede ser su habitación en un futuro muy próximo, si hay toque de queda o con cuánta gente tendrán que compartir el tiempo de desayuno.

Los protagonistas más numerosos fueron los alumnos, pero la cifra de padres que se desplazó hasta el Aulario de Guajara superó los 150. Durante más de dos horas, una de las responsables del Vicerrectorado explicó prácticamente todo lo que puede interesar a una madre o un padre: cómo se estructuran los campus, qué significa que las carreras ahora se llamen grados y estén adaptados a Europa, cuándo hay que hacer la preinscripción y la matrícula, qué servicios ofrece el centro, cuándo son los exámenes, cuánto cuesta estudiar y qué tipo y cuántas becas y ayudas existen. Los padres, todos muy participativos, no dudaron en preguntar todo lo que no entendían. La gran mayoría mostró mucho interés por todo lo relacionado con los pagos. Preguntaron si la matrícula se podían fraccionar y en cuántas veces, si la nota de la prueba de acceso a la universidad servía para el curso siguiente si este al final no podían estudiar, si la ayuda del Ministerio de Educación y la del Gobierno de Canarias eran complementarias, por qué las personas con menos recursos tenían que abonar la totalidad de la matrícula y los deportistas de élite no o qué grado de discapacidad hay que demostrar para lograr lo mismo: no pagar ni un céntimo de la formación. Cuánto costará la vocación de los hijos fue, en definitiva, la preocupación que más interrogantes suscitó. Hubo, no obstante, otros temas de debate. Las familias querían saber cuántos estudiantes tenía la Universidad, por qué no se han implantado las dobles titulaciones, si es posible compaginar dos carreras, por qué el umbral de la renta es el mismo para una beca si el alumno está estudiando fuera, en una ciudad más cara, o hasta si hay un menú especial para alérgicos en los colegios mayores. El futuro después de la Universidad también fue asunto de conversación. “¿Podrían mis hijos mudarse a Edimburgo con la certeza de que les reconocerán los años de estudio previos?”.

Los chicos no piensan tanto en esas cosas. No analizan que el primer año de la carrera más barata costará algo más de 700 euros y que el de la más cara superará los 1.100. Ni que a medida que suspendan esa cuantía irá aumentando. Están nerviosos por los exámenes de las Pruebas de Acceso a la Universidad (PAU) y por la nota de corte de la carrera que han elegido. En la ULL insisten mucho en los plazos: si se quiere pedir plaza en un colegio mayor o en la residencia universitaria hay que hacerlo en abril, cuando se abra el plazo, y la preinscripción para la carrera debe rellenarse, en esta y en otras universidades, dentro de un período estricto que comienza poco después de que se conozcan los resultados de la antigua Selectividad.

Obdulia es una de esas chicas que comenzará a estudiar en pocos meses. Natural de Gran Canaria, probablemente no venga a la Universidad de La Laguna: quiere estudiar Ciencias del Deporte y de la Salud, un grado que oferta la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC). Pasó todo el viernes en Tenerife gracias a una visita organizada por el IES El Calero, centro situado en la capital grancanaria. Con ella estuvieron 40 estudiantes más. Una de sus profesoras reconoce que fue toda una sorpresa que tantos alumnos quisieran venir a Tenerife. “Siempre nos invitan, pero llevamos años sin hacerlo porque normalmente los chicos no se apuntaban”. Para Obdulia ha sido una buena oportunidad saber qué había más allá de la ULPGC, descubrir otras carreras -“como Periodismo”- que en Canarias solo se pueden estudiar en La Laguna. También participó en la visita guiada por uno de los tres colegios mayores con los que cuenta la institución, el San Fernando, además de en una charla donde uno de los funcionarios responsables del servicio explicó cómo funcionan, cuánto cuesta vivir en ellos y el sentido de su existencia. Contó que el servicio de alojamiento ha mantenido siempre la misma filosofía con la que nació: ayudar a los estudiantes que más lo necesitan y que residen lejos de la ULL. De hecho, para ser colegial es imprescindible vivir a más de 40 kilómetros de la facultad. Estos requisitos, además de las becas y de la implicación de los estudiantes en el funcionamiento del colegio -la ULL es de las pocas universidades donde un estudiante es director del colegio-, convierten estos edificios en mucho más que un sitio donde dormir. En la Universidad se aboga por la implicación como mecanismo para impulsar la corresponsabilidad. Piensan que todas las personas son más felices si son copartícipes y, sobre todo, si estudian aquello que más les interesa. Buscan estudiantes vocacionales.

El 93% de los colegiales tiene una subvención

La Universidad de La Laguna tuvo que invertir en 2014 tres millones de euros para mantener sus tres colegios mayores y la residencia universitaria. A cambio, con las tasas de los alumnos, solo recuperó un millón y medio. En el centro tienen muy claro que el alojamiento no puede ser rentable porque se trata de un servicio asistencial. La prueba de ello es que la admisión depende de criterios de rendimiento, pero sobre todo de renta. A las familias con menos recursos se les bonifica la mitad del precio. Eso quiere decir que si un alumno obtiene plaza en uno de los colegios tendría que pagar 445,33 euros si no tuviese derecho a ayuda (esa cantidad se reduce a la mitad en la residencia). Sin embargo, el 93% de los 569 chicos paga la mitad porque disponen de la cobertura más amplia: la renta per cápita de su familia no supera los 8.000 euros. Además, la ULL incorpora la opción de ser becario. En ese caso, la ayuda económica se amplía a cambio de ayudar en algunas tareas del colegio.