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Querida amiga – Por César Martín

   

Curiosa causalidad… Sentado me hallo en la misma silla años después. La misma silla modelo tijera que continúa balanceándose y no se mantiene estable, casi como la metáfora del que la habita, en pleno juego de equilibrios, tratando de encontrar el centro gravitacional, buscando enderezar el rumbo de esta vida nerviosa, plagada de ansiedades extremas. Posado aquí, en el lugar que otrora frecuentábamos en busca del café que mitigara la espera, en esos limbos de mediodía, de pausa seca. ¿Recuerdas? Rodeados de humos tabaqueros, de cafeínas y los diecisiete motivos de esta cuasi terraza, desgranábamos los fundamentos para la desobediencia silenciosa, esa que hacíamos desde la trinchera, urdiendo planes entre la risa y la complicidad de los que decidimos ser de otra manera. No sólo estábamos tú y yo, alguna vez también hubo quien logró dejarnos el café tibio e incluso frío de sumisión; esos días nos fuimos con la cabeza gacha, presos de nuestras propias expectativas. Nadie quiso escucharnos.

No nos importó. Continuamos yendo día tras día entre chascarrillos y conversaciones sobre lo humano y lo divino, sin presagiar que después de aquel verano ya no regresarías. Recuerdo el mazazo del puesto vacío, la risa sorda, la triste ausencia que me acompañó algún tiempo más, el suficiente para que yo también tuviera que marcharme. Fueron momentos duros, pero aún con todo lo que pasó, el único amargo que recuerdo es el del café, el resto es una nítida imagen de los dos sonriendo a la vida. Hoy me arrullo en esta silla, meciendo los sueños de entonces, haciéndolos presentes para continuar creyendo. Mientras, escribo estas letras en mi libreta viajera que ya ha hecho buenas migas con el americano sin azúcar. Sin duda hay recuerdos que me acompañarán siempre, sensaciones que han marcado un antes y un después, una manera de ser y de sentir a la que no renuncio amiga, y por favor, no lo hagas tú tampoco. Mañana te llamo y cuadramos para quedar; hay ganas.

@cesarmg78