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Rafael Bolívar – Por Luis Ortega

   

El pasado centenario de Alma llanera reactivó contactos y afectos con amigos venezolanos y resucitó recuerdos de los canarios de la diáspora, algunos fallecidos que, con su pasión y su ejemplo, me enseñaron a querer a la Octava Isla y valorar su generosidad como rincón de acogida. Del autor, Rafael Bolívar Coronado (1884-1924) me hablaron en distinto sentido dos isleños de pro, curiosamente tocayos: José Antonio García Crosa y José Antonio Rial. El primero, con franco entusiasmo por el éxito permanente de un joropo, exaltado y romántico, convertido en himno sentimental; el escritor Rial, también me habló de su fortuna y, como regalo, me puso en la pista de un pícaro de audacia desmedida y notables capacidades literarias, usadas para la estafa. Nacido en la Villa de Cura, capital del estado Aragua, con sólo la instrucción primaria, desde 1912 trabajó para revistas culturales y El Universal. El inesperado éxito de su zarzuela le valió una ayuda del dictador Juan Vicente Gómez con la que viajó a Madrid; encontró trabajo en la editorial América, propiedad de su compatriota Rufino Blanco, exiliado en la capital española por su oposición al Bagre (así llamaban al político natural de Táchira) y, además, para acceder al mundillo intelectual, sirvió de secretario a Francisco Villaespesa. Presentó a su jefe, Blanco Fombona, numerosos originales de falsos y fallecidos autores, que tocaron desde la poesía y la narrativa a las crónicas de conquista y ensayos históricos. El fraude coló gracias a su versatilidad de estilo y falta de escrúpulos, y desde el empresario a numerosos críticos españoles fueron víctimas del engaño; éste se mantuvo durante seis años hasta que, desde Caracas, advirtieron las falsificaciones y, entonces, prófugo de la justicia, se escondió en una oscura pensión del puerto de Barcelona -aunque figuraba como corresponsal de guerra en África, continente en el que jamás estuvo- donde murió el 31 de enero de 1924 con sólo treinta y nueve años, víctima de una terrible epidemia de gripe. El dramaturgo y periodista Rial González me enseñó en su casa caraqueña de El Cafetal una de las obras falsificadas -antología de poesía modernista- y, hace apenas un par de años, compré en el Rastro una burda continuación de las tradiciones limeñas de Ricardo Palma de la que el costumbrista peruano, fallecido en 1919, no se enteró, claro. “A Rafael Bolívar le fue más fácil y rentable vender falsos textos ajenos que arriesgarse a publicar los propios que, seguramente, no serían tan malos como pensaba”, me comentó Uslar Pietri a propósito del descarado cureño que, paradójicamente, no pudo capitalizar su archifamosa canción.