X
nombre y apellido >

René Alphonse Van den Berghe – Por Luis Ortega

   

Frente a su nombre solemne prefiere el seudónimo que usó en sus correrías por museos, palacios e iglesias de media Europa, donde perpetró “más de seiscientas operaciones” y se apoderó de más de seis mil obras de arte. Erik el Belga (1940) aprendió historia y estética con su abuelo; pintura, con su madre y el uso de todo tipo de armas, con su padre. Estudió bellas artes y diseño en Nivelles, su ciudad natal, y fue anticuario y copista de los impresionistas franceses, pero esas ocupaciones se le quedaron cortas y, “amante del peligro, que me da paz y energía”, se empeñó en ser “el mejor ladrón del siglo XX”. Según las hemerotecas, consiguió su propósito. Llegó a España en 1975, fugado de una prisión alemana y con un currículo de infarto y, en muy poco tiempo, organizó su banda y convirtió a las dos Castillas, Aragón, Cataluña y Navarra en escenarios de sus fechorías. Durante siete años fue el azote del patrimonio religioso, aunque confiesa que “en este país, que tanto me gusta, compré más que robé porque el clero se deshacía de pinturas y esculturas a precio de saldo. Y, de un modo u otro, siempre actué por encargo”. A través de un amigo común le conocí en Málaga, donde reside con su actual esposa y me pareció un tipo cordial, humorado y, también hay que decirlo, algo pagado de sí. Me dedicó su libro (Por amor al arte, Planeta, 2012), escrito en colaboración con Nuria de Madariaga, y me confesó que, en 1982, “tal vez por cansancio, tal vez por esos arrebatos que todos tenemos”, se entregó a la Policía y pactó con la justicia una condena benigna a cambio de devolver piezas sustraídas. No negó cierta añoranza del pasado y citó como su botín más notable -restituido en distintas fases- el retablo de San Miguel de Aralar, “el trabajo de esmaltes más grande del mundo, por el que un coleccionista mejicano me pagó en 1979 más de cien millones de pesetas”. Y manifestó su asignatura pendiente: “Me gustaría apoderarme -luego la devolvería- de la Gioconda del Prado, que es superior en calidad y más bella que la del Louvre que, además es una copia, entregada de forma anónima por el ladrón; la original fue robada en 1911 -se llegó a sospechar del joven Picasso- y en la actualidad la guarda una familia romana”. Denunció en sus memorias, y en nuestra charla, que “muchos museos de campanillas “tienen falsificaciones y copias catalogados como originales y, naturalmente, obras de dudosa procedencia”. Cuando le pregunté si alguna de sus “versiones de Degas y Monet” estaba en ese supuesto sonrió con misterio y picardía.