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Sin límites – Por Juan Pedro Rivero

   

Estas últimas semanas, empujados por el feo y aberrante asesinato de unos periodistas franceses, no hay tertulia en la que no se haya hablado de la “libertad de expresión” y si debe tener o no algún límite. Hasta le han sacado punta al ejemplo con el que el Papa ilustró lo que surge espontáneamente cuando a un hijo le insultan a su madre. No hace tanto nos reíamos todos de aquella expresión de Belén Esteban para subrayar la importancia que su hija tenía para ella: “Yo, por mi hija mato…”. Y no creo que haya que detener, por apología de la venganza, a la Princesa del pueblo. Pero esas cosas pasan. Tal vez porque tenemos vivo el instinto de conservación de la especie, o porque la intolerancia irracional nos ciega. Lo cierto es que hace falta cierta altura para “poner la otra mejilla”, y “bendecir a quien te calumnia y te persigue”.

¿Qué sería del juego sin límites? Las reglas de juego no son una traba y una limitación inadecuada para que circule el balón. Sin reglas y normas que limitan nuestra libertad no habría seguridad en las carreteras, ni nos divertirían los juegos. La ley y las normas están para defender nuestra libertad y la de todos, o sea, para garantizar el bien común. Con esto no quiero decir que resucitemos la censura y que la use el más fuerte; volveríamos a caer en las garras de las ideologías. Pero sí quiero decir que hay que establecer espacios en los que la libertad de uno no pise los derechos de otro. Un espacio de convivencia sana en el que el respeto ayude a la libertad.

Derechos y deberes son las dos caras de la moneda de la convivencia. Todo derecho lleva vinculado un deber de ser respetado por otros. Los derechos humanos tienen también sus deberes humanos. Aquellos periodistas vilmente asesinados tenían derecho a la vida y a la integridad física. Unos desalmados no cumplieron su deber de respetárselas, y los acribillaron a balazos.

Estos días le he dado gracias a Dios por haber sido educado en una civilización evangelizada, en la que el amor al enemigo es un principio de comportamiento relevante, en el que devolver el insulto y dejarme arrastrar por la venganza no es éticamente relevante. Pero también le he pedido a Dios que nos ayude a todos los seres humanos a poner límites para no tener que exigirle a nadie el heroísmo de estas actitudes relevantes.
Aunque suene ñoño, no lo duden, el amor tendrá la última palabra.

*Rector del Seminario Diocesano
@juanpedrorivero