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a veces soy humano>

A la sombra – Por Félix Díaz

   

Sentado bajo aquel viejo y estéril nisperero agotaba las últimas horas de la mañana. Para quien había comenzado a trajinar en el huerto desde bien temprano, con las clareas del amanecer, se podía decir que el día estaba hecho. A su alrededor, más allá de los confines de la frontera de su finca delimitada con alambradas, muretes, arbustos o chumberas, únicamente reinaba la dejadez. Tierras antes fértiles llevaban una temporada en el falso barbecho de la desidia y el olvido; los que fueran sus vecinos ya no se ensuciaban con la polvareda de la tierra reseca, preferían pasar los fines de semana entre ambientes climatizados, salpicados de luces, reclamos y ofertas. ¿Pero de qué se iba a quejar él? Sus hijos, sus nietos también habían sucumbido a la secta del centro comercial, a los paseos sobre el mármol, las plazas de garaje, la comida empaquetada y la realidad virtual. Allí sentado sobre aquella piedra moldeada, vestido con su pantalón de paño gris, salpicado ahora por colonias de chiratos, la vieja camisa blanca, su sombrero de paja y propaganda respiraba y reflexionaba. Con su mano morena descansando sobre la rodilla que hace unos años le habían operado, dándose un pequeño masaje, levantaba la vista hacia las viñas que en unos días habría que podar. Los desvestidos frutales comenzaban a brotar todavía hojiverdes; los naranjeros cargados de naranjas que nadie quería recoger parecían mustios, como esos jóvenes que han perdido el rumbo. La huerta, olvidada por casi todos, seguía viva, latiendo, produciendo; el agua corría por las venas de las tajeas que la cruzaban pero el pulso de la tierra ya era débil. No había futuro para la agricultura tradicional, para la que depende de esas familias que vendimiaban, sachaban, podaban y almorzaban juntas. Atrás quedaban las sobremesas con el buchito de café al sol, frente a las huertas; planificando cuándo plantar, la ejecución de alguna pequeña obra, la reparación de los muros o la impermeabilización del tanque de agua. Comenzaba a tener hambre y entre los recuerdos se iba haciendo la hora de recogerse, cambiarse de ropa, subirse al jeep y bajar a almorzar a casa. Mientras echaba cierres y candados pensaba si todo aquel esfuerzo valía la pena, si alguien quería asumir, sin vergüenza, esa herencia que sus padres y abuelos le transmitieron a él. Prefirió no encontrar una respuesta y retornó ensombrecido a la civilización.

@felixdiazhdez