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Tiempos raros – Por Andrés Aberasturi

   

Si no nos jugáramos tanto, si no pesara sobre esta sociedad maltrecha el drama de un paro lacerante, de una juventud sin esperanzas y de una pobreza que arroja cifras ya demasiado alejadas de la media europea, si todo esto no ocurriese, hasta nos podríamos permitir una cierta sonrisa que estaría entre el desdén y la ironía ante cuanto ocurre en los partidos políticos de viejo y nuevo cuño incapaces de sostenerse cuando lo único que se puede pedir al personal es sacrificio, sudor y esfuerzo.

La vida política, tanto esa que se distancia de la realidad cotidiana como la que pretende cambiarlo todo por algo nuevo que no se sabe muy bien qué va a ser, se agita convulsa estos días que recuerdan mucho -mal que les pese a los de Podemos- a aquellos tiempos de la transición tan llenos de cenáculos, conspiraciones de salón, traiciones, rumores y comprensibles apasionamientos. Luego llegó ese consenso que hoy no sólo no aprecian quienes no lo vivieron sino que lo humillan y hasta lo acusan de componenda poco menos que clasista, cuando tanta gente luchó, sufrió y hasta murió para que este país creciera de una vez con ciertas garantías la convivencia en paz y la tan olvidada libertad.

Pero a lo que vamos: en el PSOE todos van agachados porque los cuchillos vuelan por sus sedes; en el PP ya no saben si Bárcenas va a reclamar su despacho en Génova o se va a conformar con la indemnización en diferido; los últimos románticos de IU solo quieren que su orquesta -ya un pequeño conjunto desafinado- siga tocando según la manida metáfora del Titánic; CiU está en lo suyo y el problema es que lo suyo es sólo lo suyo y no lo de todos los catalanes, y el PNV, sin hacer demasiado ruido, mira a Bildu pero Bildu, ay, mira a Podemos con más temor que posibilidades. ¿Y a quién mira Podemos? Pues Podemos mira con un ojo a Grecia y con el otro a La Moncloa porque el experimento griego va demasiado rápido y en España La Moncloa aun puede esperar y dependerá en gran parte de lo que haga Syriza en Europa y Europa con Syriza, si es que gana el partido de Tsipras. Pero mientras mira a un lado y al otro de su éxito, Podemos se siente víctima de una campaña de persecución de todos contra él. Claro. ¿Y qué creía?

Cuando uno entra en política, denuncia a diestra y siniestra y alcanza unos resultados que no los esperaba nadie, naturalmente que empieza a ser tratado de la misma forma que el resto de lo que ellos llaman casta. Y claro que se mira con lupa cada cosa que hacen y dicen, con la misma lupa que ellos miran a los otros partidos y con la que los otros partidos se miraban entre sí antes de la aparición de Podemos.

Es la política, profesores, y en la era de las comunicaciones que tan bien han manejado, es lógico que la competencia saque a la luz cosas de las que tal vez ahora se arrepienten porque ya no están en esa lucha o porque esas cosas no son ahora políticamente interesantes para sus pretensiones. Y salen las facturas, las empresas, las amistades peligrosas y hasta un profesor Monedero con los brazos en jarras diciendo -en Venezuela, claro- que Chávez se había adelantado veinte años a sus propuestas. Pues si con Podemos en el gobierno dentro de veinte años vamos a estar como ahora está Venezuela, casi mejor nos quedamos.

Se avecinan tiempos raros para una España que nunca había vivido algo así. Ni en los momentos más difíciles del PSOE habían estado las cosas tan mal, ni en la UCD en plena descomposición, había tanto desconcierto como ahora en el PP. Y Podemos. Si al menos nos hubiera pillado todo esto con una economía saneada.