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Todo y nada – Por César Martín

   

Amanece con el silencio de los domingos, pero es tan solo jueves. Un día más en el calendario, las mismas veinticuatro dichosas horas, el ciclo constante de luces y sombras. Nada nuevo. Al fondo el mismo azul que delimita la isla, el gran Atlántico que según lo miro parece que me libera o me atrapa, dudosa contradicción. Nada claro. Despierto con las mismas incógnitas de siempre, esas que rondan con preguntas sin respuesta posible. Salgo a la terraza buscando un rayo que consuele el embotamiento mental que llevo. Por un momento había pensado que el ruido de los petardos acallaría todas las voces que me persiguen, raro se hace tenerlas de nuevo presentes, colándose entre el pitido que dejó en mi oreja los decibelios de más. Entre sorbos de cava y cotillones intenté enterrar un pasado sin recuperación, ni económica ni moral. Me faltó valor para acabar las uvas, hastiado me revolví en la cuarta entre la piel y la semilla de la insípida Vinalopó. Si es necesario ahogaré una superstición, ya no hay vuelta atrás, los ocho pecados quedaron en el cuenco. Nada mejor. El dolor de cabeza, mezcla alcoholes baratos y de esta edad impropia de según qué meneos, no da tregua. El esqueleto cruje sin compasión y no hay chamán que repare este desajuste. La sensación es la misma; solo ha salido el sol en una fría mañana de invierno. Eso sí, cojo aire profundamente tratando de expulsar los miedos afuera. Igual no logro ahuyentarlos por mucho tiempo, pero siento ese alivio instantáneo que me hace cerrar los ojos y flotar. No dura mucho, lo justo para desconectar de esta cochina resaca que ni el gramo de paracetamol, ni el caldo de la abuela han conseguido mitigar. Respiro otra vez más y esta vez me recreo en sus dos procesos. Inspiro profundo. Exhalo lento. Todo llega, pienso. Todo se puede, vaticino. Todo camina, siento. Todo por hacer, concluyo. Hoy empieza todo.
@cesarmg78