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Tsipras y la austeridad – Por Juan Manuel Bethencourt

   

Conocido el resultado, muy previsible por otro lado, de las elecciones generales en Grecia, llega la hora de la verdad. Y llega sobre todo para el recién investido gobernante, que promete cambiar la perspectiva del enfermo crónico de Europa y hacerlo, lo dice sin complejos, desde una perspectiva de izquierda radical. Con una mayoría absoluta de hecho, aun faltándole unos pocos diputados para que la misma sea aritmética -es imposible una alternativa capaz de bloquearle-, Alexis Tsipras se sitúa en ese excitante rol del denunciante que de un día para otro pasa a ostentar el poder. Su mandato es incontestable, pero él mismo debe ser consciente de la tarea ingente que debe afrontar. Una tarea propia de héroes, incluso de dioses (griegos). Y, en contra de lo que pueda pensarse, el primer ministro electo tiene que centrarse en el frente doméstico, en los propios desafíos de Grecia como sociedad, antes de tomar un avión con destino a Bruselas o Berlín para cantar las cuarenta a los autócratas acomodados. Como es conocido, las negociaciones informales entre dirigentes de Syriza y mandamases del Eurogrupo hace meses que han comenzado. Ambos interlocutores caminan sobre el alambre, pero para la Europa del euro, aun asumiendo riesgos, hay red bajo este ejercicio de funambulismo. Tsipras puede sucumbir a la tentación de jugar a la ruleta con el euro, pero personalmente lo considero poco probable, pues para Grecia el juego sería simplemente una ruleta rusa con el cargador repleto. Dice Tsipras que su primer objetivo será “luchar contra la austeridad”. Esto puede ser una cuestión semántica, pero también tiene relieve político. El nuevo Gobierno griego tendrá que ser muy austero para ser escuchado en Europa. Y no me refiero a la austeridad como sinónimo del recorte discriminado, sino a la austeridad como sentido virtuoso en la administración de los recursos propios, sobre todo cuando éstos son muy escasos. La austeridad descrita por Berlinguer, o por Tony Judt, parece que ya no tiene quien la defienda en Europa, ni la izquierda emergente ni, por supuesto, tampoco la derecha falsamente liberal. Esto sí que es una tragedia para el Viejo Continente. Lo cierto es que el nuevo primer ministro tendrá que ponerse a la tarea, medirse con un sistema productivo y funcionarial fallido, perfectamente descrito por Márkaris, hecho a medida de una casta de vividores indemnes al dolor padecido por héroes anónimos y jóvenes desesperanzados que constituyen la base electoral para este histórico triunfo electoral. Gobernar para esta gente, ya sea en Grecia o en España, es mucho más que echarle las culpas a Angela Merkel. La respuesta a cualquier desafío hay que buscarla primero en el interior.

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@JMBethencourt