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Uno que se va – Por Leopoldo Fernández

   

La marcha-pataleta-denuncia tremebunda de Fernando Ríos en esa especie de me voy de CC pero me quedo en el machito hasta que decida el presidente es la consecuencia natural -el factor arrastre- de la caída en desgracia de Paulino Rivero. Ríos unió tanto su suerte a la del presidente que, necesariamente, si uno se iba, el otro debía hacer lo propio. Lo de las “discrepancias insalvables” con el funcionamiento de CC es la guinda del pastel, la disculpa paupérrima que se esgrime a modo de bofetón ideológico público que al sector nacionalista derrotado en la elección de candidato le conviene utilizar para descalificar a quienes apoyaron y apoyan a Fernando Clavijo. Cuando los políticos en retirada dan un portazo y airean o denuncian, sin probarlas, las vergüenzas internas de los partidos lo hacen por dos razones: para justificar su salida, cubriéndola con un manto de aparente inocencia propia, o para dejar a sus compañeros discrepantes a los pies de los caballos de la opinión pública. No creo yo que CC haya abandonado de pronto el espacio nacionalista o se haya reconvertido ideológicamente. Más bien considero que, a la vista del tiempo perdido en una inútil y lamentable -sobre todo por sus nefastos resultados para Canarias- confrontación con el Gobierno central y en una irracional -también aquí conviene remitirse a los hechos- batalla contra las prospecciones petrolíferas, en la que se han perdido todos los recursos jurídicos, lo menos que podía hacer el comisionado para el Desarrollo del Autogobierno y las Relaciones Institucionales era largarse con viento fresco.

Todos los esfuerzos de esta legislatura se han centrado en batallas absurdas, pérdidas de tiempo clamorosas y esfuerzos sin resultados tangibles, salvo -me parece de justicia reconocerlo- algunas iniciativas sociales y de apoyo a los desfavorecidos. Ríos deja además un reguero de agravios y tropelías en torno a proyectos de radio y televisión que muchos emprendedores quisieron iniciar de buena fe. Sobre el caso la Justicia no ha dicho aún la última palabra, aunque varias sentencias y su propia imputación ya apuntan suficiente. Con un discurso agresivo, oportunista y vejatorio, Ríos se va por la puerta de atrás, fracasado y con nada bueno que recordar de su gestión política, en ningún campo.