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Vértigo – Por Indra Kishinchand

   

Estoy pensando que tal vez el problema es que la inspiración solo me viene en habitaciones de hotel y siempre he vivido en el mismo lugar. Que el amor no es suficiente para enviar cartas al Parlamento porque nunca llegan donde deberían. Acaban en buzones llenos de rabia o cajones vacíos. Que las protestas son zumbidos en los oídos de un presidente que se aferra a barcos de bandera pirata, a embarcaciones de renombre con alma de diablo. Que habría que poner altavoces en las calles para escuchar todo lo que callan, aunque acabaríamos con lágrimas hasta en los zapatos. Estoy pensando que tal vez quisimos cambiar el mundo para destruirnos y terminamos mirándonos a los ojos con el mismo miedo que el de la primera vez pero con unas ganas inesperadas.

Entonces nos quitamos las máscaras y nos dijimos toda la verdad: “Quiero que me lleves contigo aunque me quede”. Me estoy dando cuenta de que nunca es suficiente, porque las tormentas son demasiado suaves para una mente que solo piensa en tempestades. Estoy pensando que tal vez la solución es vivir en aviones para no tener que aterrizar jamás, y así sentir que no existe musa más que el propio miedo. Los aeropuertos y las estaciones siempre son el mejor lugar para las despedidas, porque nadie recuerda que antes de pisarlos tuvimos desengaños en una ciudad, y que solo nos movemos para frustrarnos en una capital con nombre diferente. Que todos los caminos son versos con sabor a punto final.