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El yihadismo, un peligro en el corazón de Europa – Por Leopoldo Fernández Cabeza de Vaca

   

Concluido el criminal episodio vivido durante casi tres días en Francia, una cosa ha quedado bien clara: no se trata de un hecho aislado, fruto del azar o las circunstancias, obra de un loco o de lo que comúnmente denominamos lobo solitario. Por el contrario, estamos ante un acto de guerra con la utilización de armas de guerra; una masacre organizada, planificada y desarrollada a sangre fría por gentes especialmente entrenadas y preparadas para tal fin, siguiendo instrucciones de Al Qaeda, la organización terrorista que, junto con el Estado Islámico, trae en jaque a los servicios de inteligencia occidentales y que centra sus acciones de guerra no sólo en campos de batalla tradicionales de Siria, Irak y otras zonas próximas, sino en el corazón mismo de Occidente, en sus ciudades más conocidas, como Nueva York, Washington, Londres, Madrid y París. Los países que defienden un modelo de civilización basada en el respeto a las libertades son hoy potencial blanco de los ataques de unos islamistas radicales que pretenden sembrar el terror e imponer unas ideas medievales que en modo alguno casan con las que se asientan en la civilización occidental a la que pertenecemos. No es el islam como tal el enemigo que habita entre nosotros; lo es el discurso incendiario, radical, antimodernizador y politizado que pasa por la interpretación sesgada y politizada del Corán, el texto más sagrado de la religión musulmana, y por la extensión de la yihad o guerra santa.

La ‘yihad’ y sus consecuencias
La palabra yihad significa esfuerzo personal con fines morales y religiosos. Pero también se refiere a la lucha por la expansión del islam y por alcanzar el Estado Islámico Mundial, el combate contra el mal, contra los infieles y contra los malos musulmanes, afirma Bruno Étienne, probablemente el mayor experto francés en islamismo radical, profesor de Ciencias Políticas y director del Observatorio de lo Religioso del Instituto de Estudios Políticos de Aix-en-Provence. Según él, el islamista puede ser reformista o revolucionario, clandestino o visible, violento o pacífico; y el islamismo puede ser de masas o de élites, dependiendo su configuración de la opción política e institucional de los Estados y de las relaciones que establece con los actores del campo religioso.

La ideología islamista descansa sobre la exaltación de los valores específicos árabomusulmanes y sobre la crítica sistemáticas a los valores extranjeros, sobre todo los occidentales. Para el islamismo radical, la occidentalización aparece como tema casi obsesivo, muchas veces vinculado al sionismo, el neocolonialismo o la cruzada antiislamista. Esa ideología cuestiona el orden económico mundial y la dominación occidental, que combate denodadamente, y propone como solución el retorno a las raíces del islam político militante, una doctrina que, según Etienne, hace de todo musulmán un prosélito y un combatiente llamado a rectificar los errores de los judíos y de los cristianos. Estas cuestiones previas nos pueden ayudar a entender el porqué de ciertas actitudes y comportamientos del islamismo radical. Si a ello añadimos que cualquier creyente puede interpretar los textos sagrados del Corán porque no existe una autoridad reconocida ni una doctrina común aceptada por todos y que, al contrario que en la Torá, la Biblia o los Evangelios, la política está muy presente en los textos coránicos a través de lo que podríamos denominar “normas de vida”, se comprenderá mejor la fácil influencia ganada por el lavado de cerebro que llevan a cabo algunos ulemas, imanes y predicadores fundamentalistas entre jóvenes sin trabajo, no insertados suficientemente en la sociedad occidental, frustrados con la modernización, la secularización y la diferencia con los jóvenes no musulmanes. La pobreza actúa a su vez como palanca revolucionaria añadida contra la clase dominante. La mayoría de los movimientos islamistas rechazan la tradición, la separación entre lo político y lo religioso, y vienen a contar con una especie de espíritu misionero que en Francia ha adquirido particular importancia, ya que el islam es allí la segunda religión por número de fieles, unos seis millones. En ese sentido se sabe que el islamismo radical francés -que en algunos barrios de grandes ciudades es mayoritario y ya dio preocupantes señales de vida en varios conflictos durante los últimos años- dispone de ayudas procedentes de distintos países musulmanes, de minorías organizadas y de grupos que propugnan abiertamente unas normas de convivencia sujetas a la Sharia o ley islámica -en muchos casos de difícil asimilación por la cultura del país al que acceden-, en contraposición a las que rigen para todos los ciudadanos, sin distinción religiosa o de otra índole.

Es sabido que en el islam no existen, como en la religión católica, santos, ni representaciones visuales de Mahoma y que éstas constituyen grave pecado de ofensa al profeta. Pero no resulta admisible que, aun así, se responda a unas caricaturas con el asesinato o con armas de guerra. A mí no me gusta que se ofenda al catolicismo, se injurie al Papa o a sus obispos y sacerdotes, se ridiculice a la religión o se blasfeme sin más; pero no se me ocurre utilizar -tampoco lo haría ningún creyente serio, no fanatizado- una pistola, ni asaltar a sangre y fuego la sede de una revista satírica y particularmente ofensiva con la religión, como Charlie Hebdo, ni lanzarme a muerte contra quienes no respetan mis opiniones o creencias. Ningún Dios de ninguna religión puede aprobar conductas violentas que lleven a segar la vida de nadie, antes bien lo que predica es el amor, la caridad, la solidaridad, la paz, la caridad y el perdón. El fanatismo y el enfrentamiento violento por motivos religiosos no son propios de gentes civilizadas. Lo que reflejan las reacciones tras el horrible crimen de París es más un problema del islam contra el islam, aunque sus perniciosos efectos, con su correspondiente intransigencia totalitaria, se dejen sentir en nuestro modelo de sociedad en la que por desgracia el multiculturalismo no se ha asentado como cabía esperar y ha dado lugar a una inmigración en parte beligerante, que combate a quien la acoge y trata de asimilarla. Y lo hace, como antes apuntaba, mediante la alienación religiosa de individuos reservados, desarraigados y manipulados, fácilmente influenciables, a quienes se instruye por diversos medios en el convencimiento de que la religión debe regir la vida social en su integridad y en principios que hunden en ella sus raíces y sus dogmas políticos.

Problemas y soluciones
El problema surge cuando algunas minorías fanatizadas no quieren reconocer que ninguna religión puede estar por encima del sistema de libertades individuales y colectivas que nos hemos dado; contra nuestra sociedad de valores, libre y tolerante. Pero, contra lo que algunos opinan, no estamos -al menos a mí no me lo parece- ante una guerra de civilizaciones, del islam contra todos, de ellos contra nosotros, de Oriente contra Occidente. Pero sí tenemos enfrente una amenaza cada vez mayor, un enemigo cada vez más osado y poderoso, que se ha infiltrado en nuestras sociedades y casi siempre actúa, a modo de quinta columna, desde la impenetrabilidad y el secretismo conspirador para captar simpatizantes, adeptos, militantes y combatientes dispuestos a todo.

Aunque no me agradan unos cuantos aspectos del islam, particularmente lo que se refiere al trato a la mujer, no seré yo quien generalice y lance un discurso de odio contra el mundo musulmán, por más que una religión moderna debería procurar su compatibilidad y asentamiento en una sociedad democrática cada vez más secularizada, cambiante y global. Por eso, en estos momentos propicios a las reacciones viscerales, conviene mantener la serenidad y la calma y distinguir a los buenos musulmanes de aquellos otros yihadistas irredentos, fanáticos y convencidos de una cierta superioridad moral sobre todo lo que huela a occidental y laico.

Aunque nadie está nunca a salvo del ataque de algún grupo terrorista, desde el imperio de la ley y tratando de unificar legislaciones y políticas generales, judiciales y policiales, la Unión Europea, Estados Unidos y los países occidentales en general están obligados a contemplar con nuevos ojos el fenómeno del yihadismo violento, para vigilarlo de cerca y conocer mejor sus interioridades y planes. En tal sentido, parece obligado adoptar cuanto antes, con toda energía y determinación y a modo de respuesta global, medidas drásticas de toda índole contra aquellos que lo alientan, cobijan, amparan, patrocinan, inspiran, financian y toleran por cualquier medio, con el fin de acotar al máximo sus posibilidades. Al mismo tiempo, habrá que combatir la marginación de los musulmanes establecidos en Occidente a fin de proporcionarles, como a los demás ciudadanos, las mejores oportunidades sociales, educativas y económicas, y en justa reciprocidad, exigir mejor trato a los países donde el islam figura como religión oficial. Y todo ello, desde la defensa intransigente de lo que nos es propio, es decir, de nuestro modelo de civilización. Porque los ataques de estos días en Francia no son propiamente ataques a la libertad de expresión, que también, sino, sobre todo, a todas las libertades que nos unen y nos distinguen como sociedad humanista.