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Abel Hernández – Por Luis Ortega

   

En mis recorridos urbanos me topo con un bronce alado en el flanco transitable de la Plaza del Pilar; simula un juguete articulado, o tal vez una joya, rescatado de arqueologías remotas; una espiral melodiosa, molusco o insecto con cresta o diadema; un libre antojo que compendia a la flora y fauna posibles, como bases de inspiración para uso y adorno. Su autor la tituló Evasión y la fechó, con otras criaturas del aire, hace tres décadas. Así, a diario, busco el nexo de esta obra pública y las creaciones líricas de este periodo con los volúmenes de sus ensayos juveniles, de suaves y contorneadas líneas, con los valores sensoriales que se asocian al cuerpo humano -o a las estructuras de origen o derivadas del mismo- que, sin duda, fueron metáforas de los elementos del paisaje o del paisaje total; recobro la edificante constancia de los admirados corredores de fondo y, en su caso y desde la etapa estudiantil, la fascinación por la dificultad y prestigio de la escultura; estimo su entrega sin pausa ni fisuras en la indagación del repertorio de procedimientos y del rol protagónico de los distintos materiales que sugieren las historias a los elegidos y a los aplicados. En Detritus, la mejor noticia artística del año joven, reencuentro con la naturalidad de siempre a mi amigo Abel Hernández, que plantea sus reflexiones singulares en torno a la decadencia, física y espiritual, sus expresivos “iconos de la miseria”, con dibujos y óleos y un magro abanico escultórico abierto a los nuevos componentes -plásticos y latex, por ejemplo- que limaron el antagonismo entre figuración y abstracción y que, entre viejas maderas, prueban que son mucho más que meros receptores de formas, con el contenido vinculado a la visualidad y guiños de quincalla y ferretería para desdramatizar las tensiones viscerales. En el vacío, el ruido y el fraude hueco de la transición supuestamente hacia algo nuevo, donde no valen las profecías, el suyo es un ejercicio de honestidad y competencia, una acreditación de coherencia personal y profesional admirable, que se escalona en bellos y meritorios peldaños, desde los exactos grafitos anatómicos, encajados en cuadrículas en fondos de suave coloración, a las pinturas luminosas que calientan el itinerario de la destrucción inevitable que aguarda a cuanto vive; unos y otras prologan la gloria broncínea, donde la sugestión de unas caderas apolíneas piden espacio, verde o arquitectura, para lucir como arco triunfal aunque, aquí y ahora, denuncia, paradoja e ironía, enmarquen la cotidiana evidencia de una deposición. La belleza es cuestión de fe y la fe se gesta en la mirada, por lo que no todo está perdido.