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Amparo Baró – Por Luis Ortega

   

La suya fue una familia humilde, con un abuelo zapatero, inquieto y librepensador que cada noche le leía episodios de Las Mil y una noches, y un padre de militancia izquierdista, encarcelado tras la victoria franquista y con continuos problemas para encontrar trabajo. En esas circunstancias no pudo estudiar Filosofía y Letras y tuvo que madrugar en el mundo laboral que buscó, y encontró, en el ámbito de la cultura. Ocurrió que, en el otoño de 1955, los espectadores barceloneses -entonces los más exigentes del estado- descubrieron a una verdadera actriz de carácter que, con apenas dieciocho años, sustituyó con plena solvencia a su tocaya Amparo Soler Leal que, tres días antes de un estreno, fue intervenida de apendicitis. La desconocida suplente bordó un juego dramático de Mary Chase, estrenado en Nueva York y premiado con el Pulitzer en la década anterior.

La crítica se volcó con “la pequeña y feucha” Amparo Baró San Martín (1937-2015), que dio réplica fresca y ajustada al gran Adolfo Marsillach, cabeza de cartel de la compañía Windsor, puntera en el teatro comercial de Cataluña. Con ese prestigioso elenco, estrenó Las preciosas ridículas, de Molière y, desde entonces, alternó los escenarios con rodajes, aunque ella prefirió siempre “las tablas porque te garantizan una complicidad con el público, imposible de conseguir desde una pantalla grande o pequeña”. A pesar de sus dudas, “prevenciones, o predilecciones”, directores del más diverso pelaje -desde Isasi Isasmendi, Jaime Chávarri, José Luis Cuerda, Gómez Pereira o Gracia Querejeta- reconocieron y aprovecharon su versatilidad y contaron con su concurso en títulos significados de la cinematografía española: Tierra de todos, Las cosas del querer, El bosque animado y Siete mesas de billar francés, que le valió el Goya a la mejor actriz de reparto. Fue habitual en ambiciosos montajes de nuestros clásicos del Siglo de Oro -decía admirablemente el verso clásico- y en empeños más arriesgados que abrían las carteleras a textos europeos y norteamericanos. A pesar de su carrera brillante y coherente fue a caballo de los siglos XX y XXI cuando alcanzó las cotas más altas de popularidad desde una serie de televisión de consumo -Siete vidas- con récord de audiencia y permanencia en parrilla -entre 1999 y 2006- en la que encarnó, con crédito, chispa y ácido humor, a una divertida jubilada que centraba las vidas de personajes comunes de la aventura diaria, interpretados por actores de recorrido e incluso parvenues que crecieron a su sombra, a su buena sombra.