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Año internacional de la luz

   

Por JUAN LUIS CALERO

El 2015 es el Año internacional de la luz. Infinidad de eventos se esperan a lo largo de este año, encuentros entre estudiosos, congresos y cursos en las diversas ramas tendrán una amplia excusa para leer la luminosidad de los saberes en diversos campos. Este año de la luz proclamado por la ONU pone de relieve la importancia de las nuevas tecnologías, la comunicación y la educación como portadores de los saberes en el pensamiento. La luz ha sido interpretada a lo largo de la historia desde diversas miradas, la luz se relaciona con el conocimiento humano, delata el máximo hallazgo cuando un pensador ha llegado al culmen de algún trabajo intelectual, espiritual o científico; la luz se hizo principio en el Génesis, en la Creación desde la nada, sin materia preexistente,como reacción a las tinieblas que no dejan ver la verdad que nos viene de lo alto. Dijo Dios: Haya luz; y hubo luz. Y vio Dios ser buena la luz, y la separó de las tinieblas; y a la luz llamó día, y a las tinieblas noche, y hubo tarde y mañana, día primero. Moisés tuvo que cubrir su rostro para no deslumbrar a los demás después de haber estado cerca de un Dios que nadie ha visto, según el evangelio de Juan. Los budistas hablan de la luz como el resultado de un camino hacia el máximo saber, quien alcanza la más alta sabiduría se dice de él que ha alcanzado la iluminación como antesala al Nirvana que nadie ha sabido definir. Carecer de luz o quedarse a medias, con un conocimiento débil e ingenuo, es cualidad de quien no tiene muchas luces, aunque tal vez en esta ingenuidad se halle lo más grande del espíritu humano.

La luz ha servido como un cauce natural para expresar lo divino; luminarias sin origen aparente han dejado en los textos el rastro de lo sagrado que ilumina los templos. La luz absoluta y las luminarias angelicales que se presentan como hilachas de fuego en la oscuridad nos dicen que todo es luz; la luminosidad de los cuerpos como expresión del amor que no se contiene, ha viajado en la obra de diversos filósofos, la estética que aparece en el De amore de Marsilio Ficino inspirará con sus destellos, más tarde o más temprano, a los creadores del Renacimiento. María Zambrano en El hombre y lo divino trenzará una metafísica de la luz de difícil superación, porque la argumentación zambraniana enaltece la búsqueda de lo divino, el alumbramiento de los dioses. Y en este nacimiento de los dioses griegos resultan de primordial importancia las imágenes poéticas, las evocadoras estampas que dibuja Zambrano para acompañarse en su argumentación y del uso que, de una manera especial, hace de la luz. La luz como mascarón de proa, como aliada de lo divino, la luz como fácil camino para explicar la sabiduría de los dioses, para enseñarnos el rastro de su presencia y también de su ausencia. Porque cuando la luz no es generada por lo divino, el hombre ante el temor de la oscuridad, la inventa y la lleva a los templos para recordar la ausencia de los destellos divinos. A la luz le dedica Zambrano mucho tiempo porque le sirve de rueca, si se me permite, para ir tejiendo y justificando su retórica. “Y, así, la aparición de los dioses griegos tiene la ligereza de la luz del alba que domina con solo mostrarse. Y son, como ella, una declaración que equivale a un mandato; revelación de un nuevo orden, donde todo lo que gemía apresado en la oscuridad se presenta. La luz declara, más que a ella misma, a las cosas que baña”, dice Zambrano mientras sigue aferrada a la metáfora de la luz para justificar la vida, la luz como generadora del ser. La luz también es el máximo soporte de un pensador medieval, Roberto Grosseteste, cuyo original pensamiento se ve apuntalado por una luz que es resultado y origen, reflejo del mundo material y de lo intangible.