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Antonio Añoveros – Por Luis Ortega

   

Hoy es Miércoles de Ceniza, pórtico de Cuaresma y/o -según cada cual- epílogo del Carnaval. La fecha tiene abundante literatura y trastienda desde todas las barreras. Por deferencia de un autor vasco, que me envió un libro dedicado, vuelvo a 1974, cuando los signos opuestos de la actualidad nos hicieron bailar la yenka (con pasos adelante y atrás, contar hasta tres y volver a empezar) a cierta prensa, plumillas y lectores metidos en el juego del posibilismo. El portavoz León Herrera anticipó un programa reformista “dentro del Movimiento” y, en el día fijado ante las Cortes, el presidente del Consejo de Ministros, pregonó el llamado “espíritu del 12 de febrero” que, en teoría, implicaba la legalización de asociaciones políticas y quedó en un simultáneo “nacimiento y funeral”. Diez días después, el obispo de Bilbao publicó una pastoral, leída en todas las iglesias diocesanas, en la que reclamaba el reconocimiento de la identidad cultural y lingüística de Euskadi. Antonio Añoveros Ataún (1909-1987) echó un pulso en toda regla al Régimen, cuyas cadenas informativas desataron una furibunda campaña -con el asesinato de Carrero Blanco, perpetrado dos meses antes, y el terrorismo de Eta como leitmotiv- que echó al monte a la ultraderecha. Se ordenó su arresto domiciliario y el de su vicario general, monseñor Ubieta López y, con mucho ruido, se anunció el destierro de ambos. Con Pablo VI en la cúpula vaticana y Enrique y Tarancón al frente de la Conferencia Episcopal Española se vivía la apertura conciliar, por lo que estos hechos llevaron al enfrentamiento directo con la dictadura y a un firme ultimátum: si se consumaba la expulsión se rompería el Concordato -una contrariedad colosal por la confesionalidad del estado- y se excomulgaría a “todos los responsables”. Ahí acabaron las frágiles esperanzas; con la Ley congelada el garrido eclesiástico en su cargo (permaneció hasta su jubilación en 1978) y el cardenal-arzobispo de Madrid vituperado sobre el papel y las tapias (“Tarancón al paredón” fue la consigna y la pintada de moda) y otros mitrados en la vanguardia de un nacionalcatolicismo sobre cuyos riesgos siempre se manifestó el papa Montini. La conflictividad política y social se acentuó en la primavera y fue la más fiel acompañante en los dos mandatos de Arias Navarro, el último de Franco y el primero de su “sucesor a título de Rey”. Decía que hoy es Miércoles de Ceniza, pórtico de penitencias, abstinencias y ayunos, de un lado y, de otro, del castizo Entierro de la Sardina, trascendido de la Villa y Corte a todas las esquinas del Reino.