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Autolisis socialista – Por Miguel L. Tejera Jordán

   

Cualquiera que tenga dos dedos de frente puede percibir que el socialismo español nucleado en torno al PSOE se está autodestruyendo a pasos agigantados. No tengo ninguna fijación contra el partido socialista. Y menos aún contra muchos de mis amigos militantes o simpatizantes. De una fuerza política nacida de la honradez y la valentía de unos ciudadanos que lo fundaron a finales del siglo XIX. Muchos de los que conozco están tan avergonzados, o más que yo, de lo que ocurre en las casas del pueblo de toda España y no salen de su asombro ante tanto despropósito. Pero es la verdad. El PSOE se rompe, se quiebra, se parte por tantos sitios como intereses contrapuestos han pululado por sus sedes a lo largo de los años posteriores a la transición. Cuando se vayan a dar cuenta del desastre, será tarde. Les viran la espalda desde todos los ángulos de la sociedad que, en el pasado, confió en sus dirigentes y en sus políticas. Felipe González, con sus aciertos, y sus muchas equivocaciones, fue un hombre de Estado. Pensaba en el PSOE. Pero también en España y los españoles. Y Alfonso Guerra me proporcionó tanto divertimento como preocupaciones. Pero, tras ellos, la marcha del partido ha sido un desastre.

No sé si Felipe tiene razón alegando que las primarias han sido un desacierto. Lo que es un pecado es que el partido haya renunciado a la defensa de los valores más básicos de una sociedad democrática. Y también que no reparta lecciones de rigor y de honradez de igual manera. Aquí, lo que la gente percibe es una gran guerra de baronías, asociada, presunta y probablemente, a las numerosas corruptelas que sacuden al partido, mientras sus dirigentes miran para otro lado. Como si la cosa no fuera con ellos. El sindicato hermano, la UGT, no ayuda. Al contrario, complica el mensaje fundacional de Pablo Iglesias (el abuelo, no el de Podemos) y de cuantos muchos otros y otras quisieron renovar la España anquilosada de las monarquías decimonónicas que acabaron como el rosario de la aurora, con los fracasos estrepitosos de la I y, sobre todo, de la II repúblicas.

Me tengo por un buen conocedor de la historia del partido. En las estanterías de mi pequeño despacho guardo con agrado textos que no me resultan ajenos. Y gestos. Textos referidos a intervenciones en el Congreso de Pablo Iglesias y textos de Lafargue, de Rosa Luxemburgo. Ideales. ¿Románticos? Puede. Pero es que la realidad de este tiempo no puede ser defendida por el PSOE sin alguna dosis de romanticismo. No he sido militante del partido. Pero simpaticé en silencio con sus primeros pasitos por el solar patrio, caracterizados por la protesta, por una barricada ideológica que supo no incurrir en la violencia. Pero el PSOE ya no es lo que fue. Ahora le salpican los mismos estigmas de sus adversarios. Hay demasiada chaqueta y corbata. Y demasiada alfombra en el partido de los trabajadores, los intelectuales, los escritores, la progresía que quiso cambiar España. Y donde hay chaquetas progresistas no pueden existir las dobleces de los bolsillos, de las carteras. Tampoco dos varas de medir. Lo que se exige del adversario no lo puedes cometer desde el otro bando. Si el PP es lo que es, no se lo reproches con el “y tú más”. Demuéstralo con la fregona y con lejía. Y limpia tu casa para que huela bien.

Acopien lejía. O digan adiós…

La autolisis es cosa de vosotros. ¡Perdón! De ustedes…