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Bartolomé García-Jiménez – Por Luis Ortega

   

Estamos en año de Bajada. Esto quiere decir que, tal día como hoy, Octava de la Purificación de María y, hace exactamente trescientos treinta y nueve años, un obispo humanista y piadoso, versado en cánones y los tres derechos pero, sobre todo y como buen andaluz, devoto y divulgador del culto mariano, estableció un programa festero que, desde sus orígenes, fundió lo religioso y lo profano, lo culto y lo popular. En el último cuarto del siglo XVII, el rigor tridentino proponía promesas y liturgias ante la inacción y falta de recursos del poder civil para atender las catástrofes y calamidades. En ese espíritu, el invierno de 1676 no acabó con la terrible sequía que, desde mucho tiempo atrás, cegó fuentes y manantiales, arruinó los cultivos del norte y del sur y diezmó los rebaños en haciendas y dehesas comunales. La población hambrienta y desesperada pidió con insistencia socorro al Cabildo y éste, además de ciertas medidas de ayuda y racionamiento, solicitó la preceptiva licencia para convocar solemnes rogativas en la capital. A ese efecto, y con concurrida presencia de feligreses de los pueblos vecinos, el clero insular y los regidores trasladaron desde su Santuario del Monte hasta la Parroquia Matriz del Salvador a la imagen de Nuestra Señora de las Nieves, patrona inmemorial de la isla. Nombrado obispo en 1665, monseñor Bartolomé García-Jiménez y Rabadán -del que alguna vez hablamos por su existencia novelesca- que realizaba entonces una meticulosa visita pastoral, ofició los cultos principales. De noble familia de Zalamea la Real, en la jurisdicción de Huelva, el ordinario de la Diocésis Canariense fue condiscípulo en la Universidad de Salamanca del letrado y poeta Juan Bautista Poggio Monteverde, entonces teniente de gobernador y, además, estableció durante su estancia palmera una amistad cordial con el licenciado Juan Pinto de Guisla, el clérigo más brillante e influyente
-luego nombrado visitador- y el militar y escritor Pedro Álvarez de Lugo Usodemar. En esas relaciones, que se mantuvieron e intensificaron durante el cuarto de siglo de su mandato, se puede justificar el establecimiento de la Bajada Lustral a partir de 1680. En el protocolo fundacional, el prelado onubense destaca la nutrida asistencia, la unción y el mérito y decoro de los actos que se organizaron con motivo de la Bajada extraordinaria. Tres siglos más tarde, las raíces y la geografía de la fiesta se mantienen y, también, los afanes y penurias que, en años de crisis, afectaron a unas celebraciones ininterrumpidas pese a todas las circunstancias aciagas, desde los volcanes, periodos secos, hambrunas, a las guerras y cambios de regímenes.