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La caballería llega al Sáhara

   

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ANTONIO HERRERO ANDREU | Santa Cruz de Tenerife

El arma de caballería tiene un lugar de honor en brillantes hechos de armas, así como en héroes; por citar uno de los más relevantes, el regimiento Alcántara, de guarnición en Melilla, y nada menos que un prestigioso diario nacional así lo citaba: “…La conducta de este regimiento fue gloriosa, cumpliendo el más alto deber de la caballería española, como fue el de sacrificarse para salvar los otros institutos del ejército y el honor de las armas”. (ABC, 26 de diciembre 1922).

Parten los grupos expedicionarios

Con la partida para aquella campaña de Ifni/Sáhara estos grupos iban a cumplir las misiones de siempre de la caballería, como son explorar, cubrir o proporcionar seguridad, explotar el éxito, perseguir o proteger la retirada, y combatir hasta conseguir la victoria o morir en el sagrado cumplimiento del deber.

Corría el verano de 1957 cuando se constituían, con personal de los regimientos Santiago I y Pavía 4, dos grupos expedicionarios cuya organización se componía de un escuadrón de plana mayor y otro mecanizado sobre jeeps, y uno más blindado que se pensaba dotar con autoametralladoras el primero y el segundo con carros ligeros. Según el escrito número 1.739 de la división de caballería, el coronel-jefe de regimiento Dragones de Santiago número 1 comunica que el 19 de diciembre de 1957 marcharon por ferrocarril con destino a Cádiz. Las Palmas Sáhara, el teniente coronel Lion Valderrabano, junto con una cabo 1º y 42 soldados.

Días más tarde, el general-jefe de la Brigada de Caballería en escrito número 36/R de 13 de enero de 1958 comunica que con dicha fecha había partido con destino AO (África Occidental Española) el grupo de de escuadrones del regimiento Santiago 1 y cuyo grupo lo componían un comandante, 10 oficiales, 15 suboficiales y 205 soldados. El material que portaban eran nueve jeeps, cuatro semiorugas, 10 AAC (autoametralladoras), un remolque y a su vez, con este armamento, 182 mosquetones y machetes, 117 pistolas, 58 subfusiles, 9 FA, tres lanzagranadas, cuatro CSR (cañones sin retrocesos) de 75 mm, 9.220 cartuchos de 9 mm (pistolas o subfusil), 20.160 de 7, 92 mm, 25 de 7,62 mm, y 12.000 de 12,70 mm, ambos para autoametralladoras.

Todo este material del grupo expedicionario de caballería era embarcado en los buques de la compañía Transmediterránea Plus Ultra y el Isla de Tenerife, y sería el 17 de enero de 1958 cuando los ninetes de la caballería española pisaban las arenas del Sáhara.

El día 28 de enero de 1958, según narra en su libro mi buen amigo (fallecido) el general de caballería, Rafael Casa de la Vega: “…El coronel Mulero Clemente, subgobernador del Sáhara en el acuartelamiento donde se encontraba el grupo de caballería les dirige esta arenga. Esta es una guerra muy distinta a la guerra mundial y a nuestra guerra, aquí tenemos un enemigo duro, y que conoce bien su terreno y sabe combatir fatigas y privaciones, pero estoy seguro de que vuestro gran espíritu militar sabrá sopreponerse a todo y venceremos, la patria es necesaria, y aquí y ahora sois el principal eslabón de la cadena de los que la sirven. ¡Señores, viva España!”.
Material francés y americano

En diciembre de 1957, el Gobierno español realizaba gestiones para adquirir nueve vehículos de reconocimiento M-8 y otros más M-20 de procedencia americana, otros eran autometralladoras construidas en la factoría Ford de Estados Unidos entre julio de 1943 y abril de 1945. Este tipo de material había sido utilizado durante la Segunda Guerra Mundial tanto por Inglaterra como por los Estados Unidos y también por la URSS. El grupo expedicionario Pavía se formó en Aranjuez con un escuadrón blindado compuesto por 10 carros (M-24) del propio regimiento y el 4 del Santiago y tres restantes de otras unidades a finales del regimiento 19 a caballo desembarcaba en Playa de Aaiún y el grupo Pavía lo haría en Villa Bens cinco días después.
Aquel gran soldado que fue capitán general de Canarias, José Héctor Vázquez, una vez que tomó posesión como gobernador del Sáhara comprobó que la única manera de vencer al enemigo era, primero, con material de gran movilidad, como en este caso era la caballería, y sobre todo, con la colaboración con los franceses y la cooperación con la aviación.

Este general impactó órdenes concisas y concretas, que fueron en principio un reconocimiento de La Saguia y Daora con el objetivo de alcanzar Edchera y destruir fuerzas enemigas donde se encontrasen.

Según un documento de la Academia de Caballería, este narra que la sección mecanizada del grupo Santiago lanzó una andanada de fuego sobre el enemigo con las autoametralladoras (M-8), que ante el intenso fuego a través del rocoso terreno imposibilitó su persecución.
(El grupo Santiago tuvo tres muertos y ocho heridos, y al enemigo se le hicieron 15 bajas que abandonaron en el campo, siendo enterrados por las fuerzas españolas).

En otra acción, el grupo Pavía, junto con la II Bandera de la Legión con los carros (M-24) batieron con su fuego la zona de Tafudart, el enemigo, al ver que iba a ser aniquilado, optó por huir en desbandada hacia Marruecos.
Este es el espíritu de la caballería española: “…Combatir por España en beneficio del conjunto del ejército sin desfallecer jamás, ni volver la cara al enemigo”.