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De cine – Por Leopoldo Fernández

   

Nunca hasta el sábado había aguantado entera la gala de entrega de los Premios Goya que otorga la Academia de Cine española. Aunque al final decayó por exceso de música flamenca, inapropiada para la ocasión, por unos humoristas más bien desafortunados y por una duración excesiva -más de tres horas y media bien cumplidas-, el acto, que pude ver en La Primera de TVE, me pareció el mejor de los últimos años. Los datos de audiencia parece que así lo ratifican: 24,7 de share, que equivale a 4 millones de espectadores. El presentador y premio al mejor actor revelación por su papel cómico en el filme Ocho apellidos vascos, Dani Rovira, estuvo inteligente, gracioso y, salvo algunos tacos extemporáneos, jovial y divertido, en un papel que le iba como anillo al dedo. De las galas-protesta contra el Gobierno pasamos a la gala-amable y despolitizada, aunque varios de los intervinientes aludieran a ese IVA del 21% que Montoro se sacó de la manga y que todo el mundo de la cultura -no sólo el de la cinematografía- desearía que fuera rebajado al 6 ó 7%. Me gustó el discurso ortodoxo y prudente del presidente de la Academia, González Macho, y me deleitó y sorprendió gratamente el de Antonio Banderas, cargado de emociones, sentimientos y acertados apuntes sobre el universo del cine. Para mi fue todo un descubrimiento, por su profundidad y excelente redacción. Almodóvar, en cambio, puso la nota soberbia y ridícula al descalificar de manera chabacana al ministro Wert. Tengo la impresión de que la crisis del cine patrio ha quedado atrás, y la culpa es de que hoy se ruedan más pero, sobre todo, mejores películas porque hay más talento, más calidad y originalidad, y eso el público lo agradece y lo recompensa. Frente a unas subvenciones oficiales aún escasas, que el pasado año apenas superan los 65 millones de euros, la taquilla española alcanzó los 123 millones de recaudación, con una muy estimable cuota de pantalla del 25,5%. Y lo mejor es que esta pujanza afecta también a los cortos cinematográficos, a los documentales y al cine de animación, así como a los proyectos previstos o ya en marcha. Todo ello viene a demostrar que si se hace buen cine, los espectadores no fallan; sólo se ausentan cuando la película es mala. El cine español está de vuelta y goza de buena salud.