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La contaminación clandestina

   

GRAFICO CONTAMINACIÓN

SARAY ENCINOSO | Santa Cruz de Tenerife

La posibilidad de un vertido de petróleo mantuvo en vilo a la sociedad canaria durante los meses previos a las prospecciones de Repsol. Sin embargo, hay otra contaminación constante y clandestina sobre la que apenas se pone el foco de atención y que los expertos consideran clave para preservar el medio ambiente, pero también el turismo como motor de crecimiento. Según el censo de vertidos de Canarias, que el Gobierno autonómico publicó en 2008 y no ha vuelto a actualizar, alrededor del 72,9% de los vertidos en las Islas se realiza sin autorización. Eso, en términos numéricos, significa que 360 son ilegales. En total hay 486.

Jesús Cisneros, doctor en Oceanografía por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC), llegó a la Isla procedente de País Vasco hace décadas para trabajar como submarinista arreglando emisarios y puertos. Su pasión por el mar hizo que acabara licenciándose en Ciencias del Mar y doctorándose. Desde entonces no ha cesado en su empeño de denunciar la mala calidad de las aguas costeras por la mala gestión. El profesor lamenta que desde 2008, cuando se elaboró el inventario, no se haya hecho nada y considera que los principales focos de contaminación marina provienen de las desaladoras y de las aguas residuales (alcantarillado), aspectos sobre los que señala múltiples deficiencias en las Islas, por lo que insta a las autoridades competentes a tomar medidas reales para atajar esta problemática. “La Administración parte de dos premisas erróneas a la hora de gestionar y legislar: que el volumen del mar es infinito y que la dilución es instantánea”. No se tiene en cuenta que “las aguas costeras y las oceánicas no se mezclan”. En los continentes la contaminación esparcida en un punto progresa dentro del límite de agua costera y viaja de manera paralela a la costa. “Las islas cuentan con una pequeña plataforma y se forma un anillo de agua cada vez más contaminada. Este anillo tiene una dilución muy pequeña con las aguas oceánicas que la circundan. Por eso, las aguas costeras de las Islas acumulan cada vez más contaminantes”.

Jesús Cisneros hace un diagnóstico claro de las causas que, desde su punto de vista, han originado esta situación. “Se invierte poco en la gestión del agua, existen graves deficiencias en depuración -estaciones infradimensionadas, tecnología obsoleta y ausencia de datos fiables-, no se controlan las descargas de alcantarillado, no se exige depuración a las actividades industriales y son necesarios más emisarios submarinos de los disponibles”. Según sus datos, obtenidos a partir del censo elaborado – “y olvidado” – por el Ejecutivo, la mayor parte de la contaminación llega al mar a través de desagües y solo el 10% son canalizados a través de emisarios”.

El seguimiento del impacto directo sobre las aguas costeras es una tarea complicada: su comportamiento está ligado a su densidad. “Los vertidos de aguas residuales flotan y discurren paralelamente a la costa durante millas produciendo una lluvia sobre el fondo marino que asfixia el ecosistema; los que proceden de desaladoras se hunden y discurren pegados al fondo prácticamente sin dilución, donde ?queman todo lo que tocan”.

La clave, la tecnología
Para Cisneros, sería clave cambiar de tecnología en depuración para reducir la inversión inicial y lograr óptimos niveles de depuración con una gran reducción del gasto de energía, productos, mantenimiento y personal. “En la actualidad se utiliza la depuración centralizada, que consiste en canalizar toda el agua residual para enviarla lejos de los núcleos donde se produce, y entonces realizar la depuración. Se hace porque la tecnología de depuración aplicada produce numerosas molestias a la población, malos olores, plagas de insectos, condiciones de trabajo penosas, poco higiénicas, y produce unos residuos de fangos enormemente peligrosos para la salud humana muy difíciles de gestionar, que acaban en nuestros vertederos produciendo una gran contaminación del acuífero”.

La alternativa es la depuración descentralizada, “que consiste en realizar el tratamiento en el lugar de producción, agrupando los vertidos de un determinado grupo de viviendas, y reutilizando en el mismo lugar de producción el agua depurada”. Las plantas de nueva tecnología que permiten este diseño “no producen olores ni ruidos e incluso se pueden colocar dentro de los edificios. El mejor ejemplo es que los hoteles que cuentan con esta tecnología de depuración lo tienen bajo el suelo del vestíbulo de entrada y reutilizan el agua depurada de lavandería, agua de la cisterna y, por supuesto, de riego de jardines”.

Esta innovación técnica reduciría la inversión inicial, ya que evita la construcción de emisarios submarinos y de canalizaciones infinitas que producen numerosos problemas de gestión y malos olores por toda la ciudad. “Solo con la inversión necesaria para trasladar el agua residual a una depuradora alejada del núcleo urbano se puede construir la depuradora de nueva generación. Y la energía utilizada en el bombeo del agua residual hasta la depuradora central, es, dependiendo de los casos, parecida a la energía que consume una planta de nuevo diseño”.

En Canarias, donde el agua es un bien preciado y escaso, “nos permitimos el lujo de verter millones de metros cúbicos de agua desalada o de nuestros cada vez más contaminados y raquíticos acuíferos al mar, solamente porque no somos capaces de aplicar la mejor tecnología disponible”, denuncia el experto.

Para el vertido de salmuera de desaladoras también se han diseñado difusores especiales que reducen enormemente el impacto sobre el fondo marino, “pero tampoco se aplican, a pesar de que es una ínfima parte del presupuesto de construcción de la planta desaladora”.

Cisneros siempre repite una premisa. El problema del agua en el Archipiélago ha dejado de ser meramente medioambiental: es, en primer lugar, sanitario, pero también económico, porque el principal sector que genera riqueza, el turismo, tiene mucha relación con la calidad del mar que baña las costas.