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Demis Roussos – Por Luis Ortega

   

Vivió con la nostalgia de la niñez inolvidable en la bella Alejandría, porque sus padres emigraron de Egipto por las políticas de Nasser y tras el estallido de la Guerra de Suez; con la ilusión por el descubrimiento de sus orígenes en la Madre Grecia, la primera Europa; con su gusto por la buena mesa y su fijo remordimiento por la propensión a la obesidad, sobre la que llegó a escribir un libro para combatirla, sin éxito evidentemente; con su miedo pavoroso a la depresión que, por muchos motivos, le asaltó en distintos momentos de su intensa existencia y con las recuperaciones expansivas en las que emergía “un gordo optimista, ocurrente y generoso”, como lo definía su admirado Mikis Theodorakis; con su pasión irrefrenable por la música, fomentada por su madre, Nelly Mazloaum, y amparada en su talento como instrumentista -tocó la trompeta y fue un estimable bajista- y en su fuerte y expresiva voz, que alcanzaba niveles operísticos, y en su irrepetible estilo; fue constante y fiel a los afectos y las amistades, así que en sus proyectos más notables contó con su colega Vangelis y éste, a su vez, lo convocó con los mismos motivos; juntos lanzaron los exitosos Sex Power, Magic, Demis, con una extraordinaria adaptación vocal para Carros de fuego (1981), de Hugh Hudson, ganadora del Oscar de Hollywood en cuatro modalidades, entre ellas la banda sonora; participaron también en Blade Runner (1982), de Ridley Scott.

Con ese mismo apego, fijó números emblemáticos de su repertorio -Forever and Ever, que, en 1973, encabezó las listas de popularidad en medio centenar de países, My Friend the Wind, Velvet Mornings y Goodbye, My Love, entre otros- para interpretarlos, a petición de los públicos memoriones, aunque sus rumbos artísticos apuntaran hacia otras direcciones; tuvo el valor y la audacia de arriesgarse en géneros en los que se estrelló sin paliativos, como una suerte de rap que decepcionó a la crítica e incluso a sus incondicionales seguidores. En el espacio donde lucen y dormitan los evocadores vinilos, conservo, junto a versiones originales, varios long-play grabados para los públicos hispanos. Artemios Ventouris Rousos (1946-2015) está unido para siempre a una generación que, por necesidad o capricho, mezcló el rock y la incipiente música tecno con las baladas para bailar pegados y, en esos afanes, la figura oronda del greco-egipcio, con su racial armonía y sus registros agudos, con sus prendas talares y adornos de quincalla, es un elemento imprescindible del tiempo perdido.