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Por Leopoldo Fernández >

Disparates – Por Leopoldo Fernández

   

A algunos políticos se les calienta mucho la boca y dicen cosas irreflexivas fruto de la improvisación y la falta de mesura. Le acaba de pasar a Domingo Berriel, consejero de Obras Públicas del Gobierno de Canarias, que habla de AENA como si fuera una pieza de caza, más aún ahora que acaba de sacar a bolsa el 49% de su capital, por cierto con señalado éxito, ya que la compañía ha alcanzado una capitalización bursátil de 19.500 millones de euros, incluyendo la deuda que arrastra. El consejero majorero no se para en barras y habla en términos épicos de “conquistar” vía tribunales la “usurpación” y el “expolio” de los aeropuertos canarios. Este lenguaje, además de rastrero, en el fondo incluye una falsedad como la copa de un pino. ¿Desde cuándo son canarios los aeropuertos, aparte el hecho físico de encontrarse en las Islas? Su titularidad es estatal, estatales las inversiones que en ellos se realizan, de la misma dependencia el personal que presta servicio, etc., etc.

Canarias está representada en algunos órganos que se ocupan de las estratégicas actividades aeroportuarias y en el futuro debería incrementar esa presencia para que su voz sea escuchada, y en lo posible tenida en cuenta, a la hora de planificar las distintas actuaciones relacionadas con la conectividad aérea de las Islas. Pero ocurre que el Gobierno se contradice a sí mismo y demuestra una ineptitud preocupante porque ayer aplaudía hasta con las orejas la privatización total de AENA que proponía el Gobierno Zapatero y hoy descalifica la privatización parcial a la que tampoco se opuso en un principio, lo mismito que en el caso de las prospecciones petrolíferas. Tantas y tan graves contradicciones, culminadas luego con sistemáticos enfrentamientos con el Gobierno central, tienen consecuencias funestas y dejan el legítimo interés de los canarios a los pies de los caballos. Durante los últimos años, este Gobierno autonómico se ha olvidado de sus graves responsabilidades respecto a AENA y sólo ahora, cuando ya no hay remedio, clama al cielo y se inventa agravios inexistentes. La dura realidad es que no ha sabido jugar sus cartas y sólo le queda el recurso al pataleo. El otro recurso, el judicial contra la privatización del 49% de esa empresa pública, está más perdido que una aguja en un pajar.