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El envite griego, algo más que un desafío inoportuno – Por Leopoldo Fernández

   

Es un envite en toda regla. Y quizás algo más: una puñalada trapera, una deslealtad y una traición hacia sus socios europeos. La afirmación del nuevo ministro griego de Finanzas, Yanis Varufakis, de que su Gobierno no reconoce a la troika (formada por la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional) de acreedores como “interlocutor válido” en las negociaciones sobre el programa de rescate de Grecia constituye, pese al escaso margen de maniobra de sus autoridades, un inesperado golpe de fuerza cuando la dirigencia europea había mostrado su buena voluntad para echar una mano al Ejecutivo heleno surgido de las elecciones del domingo pasado.

Pero Varufakis fue aún más lejos y subrayó que su país “no admite el actual programa de rescate -con las correspondientes austeridades y recortes-, ni tampoco que la deuda (que supera los 315.000 millones de euros) pueda ser pagada”. Un dislate de tomo y lomo porque no se puede pretender simultáneamente el rechazo de los ajustes de la troika y la renegociación de la deuda, y menos aún pretender discutir este último punto con cada uno de los 28 presidentes o jefes de Gobierno de la Unión, en lugar de hacerlo con los tecnócratas de las instituciones financieras, rompiendo las reglas de juego comunitarias.

En peligro de quiebra
Así las cosas, a nadie puede extrañar la furibunda reacción alemana, cuya máxima autoridad, la canciller Merkel, ha dicho alto y claro que no habrá más condonación de deuda a Grecia, a la que hasta ahora le han sido perdonados más de cien mil millones de euros. Reacciones similares, aunque más suaves en las formas, se han sucedido por parte del BCE y del FMI, así como en casi todos los países de la eurozona, España incluida, donde han recordado a las autoridades griegas que quien recibe un préstamo está obligado a pagarlo y que en febrero termina la asistencia financiera o programa de rescate vigente.

Si Atenas no se baja del burro y la ‘troika’ no le envía en marzo los 10.000 millones que cada trimestre permiten pagar las pensiones y a los funcionarios, además de sostener los gastos del país, ni siquiera habrá que plantear la salida de Grecia del euro y de la Unión Europea. Será la consecuencia natural de una quiebra temida por el 70% de los responsables de las compañías de seguros y reaseguros más conocidas del mercado. Una quiebra que con toda probabilidad se habría producido hace ya años si, con un Estado insolvente y en fase terminal, las autoridades no deciden entrar en el euro y en su lugar se quedan fuera y devalúan, como entonces dijeron, el dracma ante la presión de sus acreedores internacionales. Pero pese al órdago de Syriza, en Europa aún se confía en la capacidad de diálogo y entendimiento de las dos partes. Como prueba de confianza en un posible acuerdo, ayer circulaba el rumor de que Bruselas prorrogaría, hasta el verano, el actual estatus de ayudas e incluso el proceso mismo de rescate. A nadie interesa que Grecia salga del euro y de la Unión, pero mientras la UE y la moneda común pueden resistir sin Grecia, ésta no puede vivir alejada de la eurozona ni de la Europa comunitaria. Incluso el problema de la interlocución puede superarse con un poco de buena voluntad. Lo demás llegará con la negociación: una rebaja de los tipos de interés, un alargamiento de los plazos de devolución de la deuda, incluso puede que se apruebe la concesión de un periodo de gracia para que Grecia pueda realizar en mejores condiciones -con menos ajustes y su relajo en el tiempo- las reformas económicas más urgentes.

Medidas desafiantes
Mas la deuda no será condonada, aunque todo el mundo sabe que Atenas no podrá pagarla jamás. Es lo que faltaba: abrir un nuevo frente para que otros países con problemas similares se apunten al ‘no pago’, en tanto algunos más, como en el caso de España, cumplen escrupulosamente las obligaciones contraídas. Los problemas griegos no los ha creado la ‘troika’, aunque esa sea la cantinela de la izquierda radical, que centra las culpas en Alemania y le echa en cara su falta de generosidad tras recordar que este país también fue ayudado -y condonada parte de su deuda y de sus indemnizaciones de guerra- tras la segunda gran conflagración bélica europea.

Pero Grecia no es Alemania y la corrupción, el despilfarro, la evasión fiscal, el impago de impuestos, la desestructuración del Estado -que por no tener, no tiene ni catastro-, las jubilaciones millonarias, la falsificación de las cuentas públicas, la corrupción, la falta de empresas y sectores competitivos, la picaresca nacional del engaño y la pobreza general del país condicionan enormemente sus posibilidades de desarrollo. En estas condiciones no se explican los primeros acuerdos del Gobierno tendentes, entre otras cosas, al aumento desmedido del gasto público, la subida de pensiones y salario mínimo, la creación de 200.000 nuevos empleos estatales, la detención de las nacionalizaciones pactadas con Europa, el regalo de la electricidad y otros servicios a 300.000 familias y la restauración del acceso universal al sistema público de Salud de todos los ciudadanos sin seguro médico y la anulación de los pagos sobre atención hospitalaria y medicamentos. Todas estas medidas de corte radicalmente populista tratan de sepultar todo atisbo de austeridad y estabilidad financiera y presupuestaria, según las promesas electorales. Pero los observadores de Bruselas consideran que son preludio de ese desafío altanero puesto en marcha por Alexis Tsipras, el nuevo líder griego que con su triunfo rotundo en las elecciones griegas ha abierto un tiempo nuevo en Europa como respuesta a frustraciones y sacrificios sin cuento, especialmente sentido en los países del sur, donde populismos y extremismos de derecha e izquierda desafían abiertamente los movimientos uniformadores y las políticas anticrisis dictadas en gran medida desde Alemania.

Repercusión en España
España, que ha prestado a Grecia 26.000 millones de euros, ha sido el único país en el que esas pautas de austeridad están dando cierto resultado positivo, aunque a costa de un marcado empobrecimiento general, una pérdida notable de derechos y, todavía hoy, un endeudamiento desmedido, aunque ni con mucho soporta los problemas del país heleno. Pero Europa, sobre todo el Sur, puede sufrir un gran cambio, por el efecto dominó, con la llegada de Syriza al Poder, y según sean los resultados de las próximas elecciones generales en -entre otros países- Francia, Reino Unido, Italia y España, donde partidos de ultraderecha y ultraizquierda, enemigos algunos del proceso de integración europea, pueden abrir una gran incógnita sobre la solidaridad europea, la convergencia fiscal y la racionalización monetaria de la eurozona.

Como bien apuntaba un colega digital, lo que representa el triunfo de Syriza no es otra cosa que el triunfo de unos ciudadanos indignados con sus gobernantes, que se han plegado a las directrices económicas de los poderosos y han hecho sufrir a la gente con políticas injustas de extrema austeridad, que además han fracasado. En el caso griego esa culpa se la pueden repartir los conservadores de Nueva Democracia y los socialdemócratas del Pasok, de manera que a la hora de votar los griegos han castigado a los partidos responsables de su sufrimiento. Para Podemos, que ayer reunió en Madrid una inapelable manifestación de muchos miles de seguidores ilusionados, está por ver cómo puede beneficiarse de las políticas de Syriza con la que, desmarcada ya de Izquierda Unida, tanto se identifica. Va a depender mucho de los logros europeos de la formación griega y de su éxito negociador. Pero, como también subraya un agudo comentarista, las cesiones a Grecia serían un torpedo en la línea de flotación de las reformas en los países que, como España, cumplen los compromisos firmados y cuyas sociedades se verían incentivadas a exigir quitas de deuda y poner fin a los esfuerzos y el rigor presupuestario.

De ahí la inmensa dificultad con que se encontrará Tsipras para conseguir las concesiones que ha prometido arrancar a los acreedores, ya declaradas innegociables por los principales protagonistas europeos porque serían un regalo inmenso a opciones políticas extremistas, de ultraderecha en el norte y de ultraizquierda en el sur. Generarían una tensión posiblemente insoportable en el seno de la UE y supondrían un golpe mortal a la vigencia de las leyes y tratados en los que se basa toda la existencia misma de la Unión Europea.