X
Soliloquio >

Extraños demócratas, santones o… – Por Ramiro Cuende

   

Aproximaciones indirectas era lo que hacían los padres de Ignatius Reilly después de ir al cine. La última vez fueron a ver una película, de Clark Gable y Jean Harlow, titulada Red Dust, por aquí Tierra de pasión, practicaron uno -también el último- de sus momios old games en el que engendraron al figura. Un fulano mezcla de un delirante Oliver Hardy El Gordo, de un graso y maloliente Don Quijote, y del perverso Tomás de Aquino, que vive ocupado en escribir una vasta y demoledora denuncia contra todo, tan falta de sentido común y ética como de vergüenza y verdad, un alegato desquiciado contra la sociedad ¿Le suena? A mi sí.

Ignatius viene a ser el fenotipo mental de una subpléyade de personajes de este país, y, a menos de los de esta macaronésica isla, a los que les falta tiempo para entrar a saco con todo lo que se mueva. La última que le leí es de premio. El sentenciador saltó al campo de su atril para poner a caldo de potas a Fernando Sabaté, el de “no sabemos si se puede”, tan solo por querer hacer política, como el resto de la basca, con los nuevos del círculo; es casta, tiene caspa, hace régimen, y no se sabe si roba ¡Ahí es nada!

De vuelta al título, una cualidad de su extraña práctica democrática es como sigue. Previo al ejercicio del voto cabe todo; insultos, rollos, mentiras, trucos, engaños, ajuntamientos, ¡ah, se me olvidaba! y las trampas de toda la vida para hacerse con la mesa y dirección de la asamblea. Se parecen a las de Kim Jong-un en Pionyang, pero con reglas libertarias, o sea, se puede hablar, murmurar y traicionar. Tras todo tipo de historietas, propuestas, rollos, y, lo que no puede faltar, un corral de dicterios, del que su mayor experto y pico de oro ha dado muestra de su magia por toda clase de formaciones. Su mayor logro fue a su paso por el Cabildo tinerfeño en el que era conocido por la entrañable forma de servir los cortados al Presidente.

Se presenta otra vez.

Tras horas de nadie escuchar a nadie, fumar y sentenciar en los pasillos, se vota y, por supuesto, se bota a la calle a todo el que no comulgue con el credo. Ya en casa se levanta el teléfono para comenzar a derrocar y acabar con los electos. Son las formas del trilerismo asambleario, una vía con poca probidad, muchas ansias de poder y más de imponer. Lo he vivido, probado y padecido.
No lo dude, yo también tengo un suculento cabreo con lo que ha pasado en este país, pero no creo ni en santones, ni en milagreros. ¡Sea libre, lea y no se deje llevar!