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Holanda y el Estado de bienestar – Por Jaime Rodríguez-Arana

   

Estos días hemos conocido que en Holanda el Gobierno pretende dar un giro copernicano al pesado y elefantiásico Estado de bienestar con el fin de convertirlo en un modelo de sociedad participativa. El año pasado el Rey Guillermo Alejandro, en su tradicional discurso navideño, ya dejó entrever que eran necesarios cambios y transformaciones. Ahora, en concreto, se pretende reformar a fondo el sistema de ayudas a los ancianos y dependientes, incluidos los niños discapacitados, para que sean atendidos por las familias. Por supuesto, si no están en condiciones de hacerlo, la nueva ley de cuidados de larga duración encomendará tales tareas a los municipios, que serán convenientemente financiados para este menester. Se piensa, no sin razón, que tales ayudas deben venir del mundo de la familia, amigos o vecinos, a partir de lo que ya se conoce como sociedad de la participación. Por supuesto, el Estado colaborará económicamente a que tales tareas no sean gravosas para la familia.

El Estado de bienestar en su dimensión estática ha muerto. La causa es bien sencilla: quienes han interpretado y dirigido el país en los últimos tiempos, no solo en Holanda, en lugar de realizar políticas públicas para el desarrollo libre y solidario de las personas, las han dirigido a la captura de la voluntad de los ciudadanos, articulando un gigante sistema de subsidios y auxilios públicos que han terminado por romper el presupuesto público hasta colocarlo en unos dígitos de deuda y déficit alucinantes. Y, lo más grave, se propició que la familia se quedara fuera de juego, salvo casos especiales, en la atención de parientes ancianos, dependientes o de hijos discapacitados. Porque para eso ya estaba papá Estado, cuyos dirigentes sólo aspiraban a orquestar una sofisticada maquinaria de control social y político de la población. En fin, lejos de cuestionar el Estado de bienestar, la crisis que atraviesa conduce a reflexionar sobre el ocaso de la versión estática de un modelo que se ha ido desnaturalizando con el paso del tiempo. Sobre todo porque el Estado no es capaz de controlar los subsidios y tampoco es quien para sustituir a las familias en el papel de asistencia y atención a personas ancianas, dependientes o discapacitadas.

Es decir, habiendo fracasado el modelo en su versión estática, es menester pensar en las virtualidades de su dimensión dinámica. Una dimensión desde la que las ayudas se contemplan como estímulos al trabajo, a la actividad, no a la inactividad o a la dependencia. Claro que hay muchas ayudas sociales que son básicas y que es necesario un mínimo vital para que las personas se desarrollen libremente y en unas condiciones de vida dignas. Las subvenciones claro que son necesarias, pero de forma transitoria, en orden a generar iniciativas, en orden a promover actividades razonables, en orden a conformar, para los desheredados de este mundo, un mínimo vital que les permita poder realizarse dignamente como seres humanos.

El Estado de bienestar estático ha fracasado porque los dirigentes públicos han querido subvenir todas las necesidades sociales con el fin de garantizar dependencia y vasallaje político. Es el problema. Necesitamos una educación ciudadana y un temple y una fibra moral en el pueblo que permita que aflore ese espíritu de rebeldía constructiva y de sana crítica tan necesario para la vitalidad social.

Hace años Morín, en un estudio sobre los servicios sociales en Francia, concluía que su gran fracaso era consecuencia de pensar que sólo podían ser atendidos por funcionarios. Hoy sabemos que es necesaria una inteligente alianza entre poderes públicos y agentes sociales profesionales para prestar con rigor y humanismo estos servicios. Es más, ¿por qué no se ayuda a las familias a que puedan atender a sus parientes ancianos, dependientes o discapacitados? Atentos al desarrollo de este modelo de sociedad participada que Holanda acaba de poner en marcha.

*Catedrático de derecho administrativo jra@udc.es