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Juan de Mairena – Por Luis Ortega

   

No había pasado un mes de su llegada a Colliure, donde a la tristeza de la derrota republicana se sumaba la preocupación por la precaria salud de su madre, cuando la muerte le sorprendió. Fue el 22 de febrero y el 25, sin superar el dolor de su pérdida, Ana Ruiz le acompañó en la misma sepultura, preparada con esmero por las autoridades locales y los empleados del hotel Bougnol-Quintana. Dicen que, en un bolsillo de su raído abrigo, aparecieron tres papeles arrugados: un último verso original (Estos días azules y este sol de la infancia), una canción a Guiomar y, en español, el Ser o no ser de Shakespeare. Antonio Machado fue, y es, una china en el zapato de las dos Españas -“entre la España que muere / y la España que bosteza”-, que amado y reconocido por el talento y la buena voluntad que no tiene dueño, cada año, cuando se acercan las fechas de su aniversario -ciento treinta y nueve años de su nacimiento en estos días- o muerte (hoy, setenta y cinco) recuerdan, comentan, sugieren, consultan el posible trasladar de sus restos a la patria a la que tanto honró y de la que recibió tan mal trato. Otra vez estamos en ese caso y mientras los columnistas objetivos recuerdan su obra, los justicieros tardíos hablan de funerales fuera de tiempo y lugar. Entre títulos autónomos, revisiones, ampliaciones y antologías, se cuentan dieciséis entre 1903 y 1938; unas obras capitales, y apócrifas, que lo acreditan entre los mejores prosistas españoles de la centuria -Juan de Mairena, sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo, otros textos de Abel Martín- y siete obras de teatro, del ambiente costumbrista andaluz, escritas entre 1926 y 1932, con su hermano Manuel, confidente y cómplice en sus mocedades y alejados después por el infame conflicto civil. Tan coherente como su propia existencia, el recorrido literario de Machado responde a impulsos vitales y a medida que los sucesos marcan su carácter, se caen de sus versos las imaginerías decorativas y entran las emociones auténticas, plasmadas a través de un simbolismo sobrio, un tono melancólico e intimista, un humor no exento de acidez y una nostalgia incurable por el paso del tiempo. Sería bueno recordar que, por falta de sensibilidad de los primeros gobiernos democráticos, Machado Ruiz, apartado injustamente del cuerpo de catedráticos, fue rehabilitado a título póstumo en 2001, con gran aparato de propaganda y poca gracia ante los auténticos machadianos, mientras su tumba de Colliure siempre tiene flores y cartas que los visitantes dirigen al poeta de la vida limpia y sencilla en demanda de ayuda y consejo. Mientras tanto, quietas las manos.