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Luis Alberto Hernández – Por Luis Ortega

   

Debajo de la piel está el hombre; sólo que no puede hablar. Título de un poemario personal de los setenta, ya entonces mostraba una vasta cultura estética y una excelencia en los procedimientos que lo alejaba de sus compañeros de echada -término menos solemne que generación- en su mayoría imbuidos del expresionismo abstracto de Pedro González. Gomero con memoria, mi brillante tocayo escapó de las sombras ajenas, por cómodas y apetecibles que fueran o parecieran, y buscó con acierto y afán, un lenguaje propio, con gustos y afectos históricos y precisa actualidad. Fue pues un plástico reconocible, inconfundible, tanto por los asuntos como por la destreza de las soluciones y, hoy en radiante síntesis, confiesa su trastienda surrealista -el adjetivo más adecuado al error, o capricho, geográfico que es la isla- y se declara sincrético en los ámbitos de la belleza, el credo y el misterio, acaso la virtud más evidente, y envidiable, de este creador que, en cada caso, responde con holgura a toda exigencia.

Motor y núcleo argumental de Detritus colectiva que ocupa este febrero la sala tinerfeña de la MAC, con Abel Hernández, Elena Lecuona, Pedro Trujillo Arrocha, Tarek Ode y María Teresa Febles- predica que la hermosura y la gracia aparecen en cualquier lugar y tiempo y lucen más en la verdad irrefutable y la penumbra sórdida; y, en suma, que su revelación depende de la mirada. En esa hoja de ruta, cuelga cabalgatas de insectos y pájaros, sugerencias geológicas y anatómicas de exquisita sensualidad, bodegones de residuos que trasuntan el hálito místico de Zurbarán en la raspa de un pez, reinterpretaciones de los prosaísmos dificultosos que resuelve, como Rembrandt, a lo grande. Compromiso, testimonio y recapitulación, Luis Alberto Hernández vuelve a atávicos agüeros y, como hace décadas, construye impresionantes retablos que suman pintura excelsa en exactitud y delicadeza y, como alternativa rotunda del relato, amuletos, exvotos y objetos, de hallazgo casual o hábil fabricación, que disputan el plano o penden como adendas piadosas o mágicas -importan igual- del cuerpo principal de la obra; vuelve con la suma de la habilidad y de la experiencia a fusionar, sobre las arpilleras que usó antaño, materias de astuta elección y primorosa mesura, que dialogan con la perfección del dibujo y la sublime pincelada. Surrealista, sí; pero inmune ante los riesgos del movimiento, la provocación zafia y la extravagancia, sima y muro que salva con su innata elegancia y la agilidad del mejor oficio conocido en nuestros lares.