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Luis de Lezama – Por Luis Ortega

   

Cuenta a quien le quiere oír que el rumbo de su vida cambió cuando el recordado cardenal Tarancón, a quien sirvió con encomiable lealtad en la empresa de la actualización de la iglesia nacional, le liberó de su secretaría y concedió un año sabático que, luego, sobrepasó las cuatro décadas. En ese tiempo -casi un guarismo bíblico- creó una cadena de cuarenta restaurantes dentro y fuera de España, con más de seiscientos empleos y treinta millones de euros anuales de facturación; y, a la vez, ejerció el periodismo, tanto en la Cope como en RTVE, sin imposiciones ni alharacas, “porque la fe no necesita del ruido” y él siempre fue “un cura atípico”, según certera definición de monseñor Carlos Amigo. “En un momento dado avanzamos en la implicación social que propuso el Vaticano II, porque no se puede predicar a estómagos vacíos, a gentes sin expectativas de desarrollo y futuro. La hostelería ofrecía a corto plazo una integración fácil para jóvenes de extracción humilde que hoy, afortunadamente, son profesionales solventes y creativos y se sientan por derecho en consejos de administración”. La aventura empezó en 1974 cuando, “con los muchachos de un pequeño albergue”, abrió la Taberna del Alabardero. En la frontera de los ochenta, preside la fundación de un emporio de restauración que, con exigencias de calidad y esfuerzo, resiste los embates de la larga y peligrosa coyuntura para la que este vasco de Amurrio tiene diagnóstico y recetas. “No estamos ante una crisis de evolución como todas las anteriores; esta es de transformación y para resolverla hay que lograr ser competitivos, apostar por la innovación y la importancia de la formación de capital humano”. No se conformó con la celosa tutela de una empresa modélica, “regida perfectamente por personas que participaron de su creación y expansión” y recuperó el oficio sacerdotal; y, mientras cumple sus funciones pastorales en locales precarios, apoya la construcción de una ciudad de doce mil viviendas en el Barrio de Montecarlo y promueve, en colaboración con Microsoft, un colegio con la tilde de experiencia piloto en el mundo y, naturalmente, un templo dedicado a Santa María la Blanca. Empeñado en dignificar la vida de la periferia, no tiene pelos en la lengua para tratar los problemas de diversa índole que le preocupan. “Hay que abrir las iglesias y quitarles el polvo, como decía Juan XXIII y, ahora, nos recuerda el papa Francisco”, dice por un lado y, por el otro, “la educación es un desastre en este país; porque cambian las leyes pero no el
sistema”.