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Música y Carnaval – Por Juan Hernández Bravo de Laguna

   

En este llamado Domingo de Piñata se supone que concluye el Carnaval, aunque entre nosotros todavía se prolongará en innumerables actos festivos por toda la geografía isleña, actos que responden básicamente a motivos turísticos. Algunos de estos actos están institucionalizados, como la denominada Piñata Chica de Tacoronte, y otros van surgiendo y multiplicándose año tras año. Y no se sabe muy bien si los beneficios turísticos que teóricamente se consiguen con esta prolongación compensan la excepcionalidad laboral que producen y que, en ciertos casos, se extiende y enlaza con la de Semana Santa.

Se ha reivindicado el carácter tradicional de las fiestas, y es verdad que son tradicionales. Ahora bien, no con la duración y con el volumen de ruido, algarabía y grave desorden que suponen en la actualidad. El auténtico Carnaval tradicional tinerfeño fue el Carnaval espontáneo de mascaritas y grupos, el Carnaval no agresivo que añoran los carnavaleros veteranos y que desapareció hace tiempo. Un Carnaval que se ha perdido porque era inevitable que se perdiera. Ha sido sustituido por una previsible macro fiesta turística de proporciones exageradas, encorsetada en galas y concursos precocinados y repetitivos, que se extiende durante demasiados días -más de un mes-, y en donde la violencia, la agresividad -y el delito- no están ausentes. Las actuales fiestas de Carnaval, en definitiva, se limitan a incorporar intereses económicos, turísticos y de imagen, que son muy respetables; y, al mismo tiempo, son instrumento para la defensa de intereses políticos y electorales, no siempre tan respetables.

Sin embargo, nos parece que todos estos intereses que giran en torno a nuestro Carnaval no han reparado -ni apoyado- en su justa medida un hecho diferencial que lo distingue: su íntima relación con la música. Porque hemos de tener en cuenta que la música, en cualquiera de sus manifestaciones cultas o populares, ha tenido siempre en el Archipiélago una especial importancia y una profunda incidencia social. Y esa importancia y esa incidencia social se extienden, incluso, a fiestas tan características
-y populares- como el Carnaval. Es la peculiar y total “cultura del sonido” canaria, de la que habla el musicólogo Lothar Siemens. Es cierto que la música, en cuanto tal, ha tenido -y tiene- en todas las culturas una trascendencia cultural y social objetiva, que va más allá de sus circunstancias concretas. Pero no es aventurado afirmar que en las Islas esa trascendencia es superior a la de muchos lugares y equiparable a la de los grandes centros universales de la música. Ahí están, por ejemplo, las Fiestas Lustrales de La Palma, que precisamente disfrutaremos este año, y sus variados espectáculos en donde la música es protagonista. Sorprende el carácter culto de los actos, la omnipresencia de la música denominada clásica y la armónica superposición de elementos culturales de diferentes siglos.

Una de las manifestaciones relevantes de esta impronta musical del Carnaval, que es exclusiva del Carnaval tinerfeño y una de sus señas de identidad, son las rondallas, con sus recurrentes polémicas y su escaso apoyo económico público. Unas rondallas en donde se unen fructíferamente la música culta y la popular, y que representan de manera sobresaliente -e insustituible- el nexo entre el perdido -e irrecuperable- Carnaval de antes y las fiestas de ahora. No en vano el Orfeón La Paz de La Laguna celebra su primer centenario; la Masa Coral Tinerfeña, la antigua Juventud Republicana, remonta su origen a 1930; la Unión Artística El Cabo a 1942 y la Peña del Lunes a 1965. Hace unos años sufrieron un preocupante proceso de decadencia y quedaron reducidas a unas pocas. Pero en los últimos tiempos han surgido nuevas agrupaciones con una calidad y un entusiasmo similar a los de las antiguas, y todo indica un futuro brillante y asegurado. Ese futuro precisa del apoyo público, y no solo de apoyo económico: también necesita apoyo informativo. Y, a estos efectos, es clave la retransmisión televisiva de su momento más importante, para el que se preparan durante meses: el Concurso del Carnaval. Pues bien, se trata de una retransmisión que cada vez está dejando más que desear. No se puede darla en diferido terminando a las tres de la mañana. No se puede enviar a cubrirla a una persona sin cultura musical alguna, que habla con un lenguaje chabacano pisando las intervenciones musicales, y que no informa de la obras que van a ser interpretadas ni del nombre y autor de la fantasía que viste cada rondalla. Entre otras cosas, porque unos abusivos e interminables cortes publicitarios no le dejan tiempo. ¿Es tan difícil mostrar en pantalla unos rótulos informativos? ¿Por qué no se conecta simplemente con el escenario como se hace en la Gala de Elección de la Reina o en el Concurso de Murgas? Allí estaba Zenaido Hernández, sucesor del recordado César Fernández-Trujillo, informando puntualmente de todo. Y así, cualquier comentario adicional hubiese sobrado y estropeado la retransmisión.

Hace reflexionar el hecho de que en una época de tan intenso desarrollo tecnológico los medios oculten la realidad en lugar de mostrarla. En eso se parecen a nuestros políticos.