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Nuevos (y no tanto) grupos sociales – Por Francisco Pomares

   

En esta región viven cuatro grupos de personas completamente disociados. Uno lo integran esos 260.000 parados y sus familias, cien mil de ellas destruidas por la pérdida de trabajo de todos sus miembros. Gente condenada a vivir con escasas expectativas de conseguir un nuevo empleo, colgados de indemnizaciones, prestaciones o ahorros -en el mejor de los casos- o de miserables pagas de subsistencia. Gente que consume marcas populares y cuenta los días que faltan para cobrar el subsidio. Otro grupo es el de los que viven pendientes de empleos precarizados: autónomos, pequeños comerciantes, empleados de minúsculas empresas, dependientes, trabajadores sin garantías de continuidad, que ya han experimentado reducciones salariales o acumulación de retrasos en el cobro de sus salarios. Otro grupo más es el de los empleados de las administraciones, esas miles de personas que han visto reducir sus ingresos entre un cinco y un diez por ciento, pero que a pesar de la crisis y gracias a la caída de precios y las hipotecas disponen de una capacidad de gasto muy similar a la de hace siete años. No son culpables de lo que ocurre, ni puede decirse que estén instalados en la opulencia, porque nunca lo estuvieron, pero viven como si su estatus no peligrara.

Aquellos a los que la crisis ha tocado más directamente, quizá por la pérdida de empleo de un familiar, si perciben los riesgos, pero aún hay quienes se manejan desde la ficción de que todo sigue igual. Y por último está el grupo de quienes han aumentado sus recursos, propiedades y capitales gracias a la crisis. Es un grupo tan reducido y tan opaco que pareciera que no existe, pero si no existiera, las ventas de coches de superlujo (por encima de los 60.000 euros) no habrían crecido más del 50 por ciento el año pasado. Y en las calles principales de nuestras ciudades habrían desaparecido los comercios de la milla de oro. Son ellos, en realidad, los que siempre escapan a las crisis, los que disponían de medios suficientes para hacerse con propiedades, negocios y mercados de quienes los han perdido. Algunos son vividores y oportunistas, gente con talento para el río revuelto, timadores profesionales. Pero otros son gente con apoyo público, gente que se considera necesaria para que la sociedad funcione: políticos, grandes empresarios, banqueros… algunos fueron los responsables de este desastre. Y nadie les pedirá cuentas.