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Operación Masacre – Por Domingo-Luis Hernández

   

A principios de marzo del año 1977, el escritor y periodista Rodolfo J. Walsh firmó su sentencia de muerte. Con motivo del primer año de gobierno de la dictadura encabezada por Videla, Walsh escribió la Carta abierta de un escritor a la Junta Militar, uno de los testimonios periodísticos más impresionantes del mundo, a juicio de Gabriel García Márquez. La llevó de mano a la redacción de todos los periódicos y revistas de Buenos Aires y, a pesar de ser el que era (Operación masacre o Caso Satanowsky a sus espaldas), no la publicó nadie, por razones obvias. La proyección de Walsh en la resistencia, con la articulación de cadenas de información clandestinas y un propósito: difundir las noticias si quiera fuera de boca en boca porque lo que busca la dictadura es suprimir la información, por eso se imprimió precariamente el escrito y circuló como un vendaval por todo el país. Una contundente y sistemática contestación al gobierno dicho sobre la base de su horrenda injerencia: revocación de la democracia y de los partidos, intervención de los sindicatos, censura de prensa, terror… Más de 15.000 desaparecidos, 10.000 presos, 4.000 muertos… El 25 de ese mes los militares asaltaron su casa con ametralladoras, lo buscaron, lo encontraron y, luego de defenderse con una 22 que llevaba escondida, lo mataron.

¿Qué mataron los golpistas ese día? A una conciencia sublime, a un ser que pudo haber vivido cómodamente, incluso bien, pero que por la certidumbre moral no podía pararse en ese infundio. Se lo probó la historia de su país cuando en el año 1956 cayó en sus manos uno de los episodios más infames de la historia de Argentina: la Operación masacre, que llevó a libro con decenas y decenas de ediciones. Con la dictadura, el ser que había perdido a su hija María Victoria (también periodista) en el campo de batalla, no huyó, no se movió de Buenos Aires. Y como periodista sabía. De ahí que los datos que se incluyen en su Carta sean axiomáticos. Y refuten la tiranía de la justicia, el sojuzgamiento de los trabajadores (aumento de horas de trabajo y bajada de sueldo), la persecución y muerte de sindicalistas, las masacres (el sistema de muertes indiscriminadas como los nazis en la Segunda guerra) por las acciones de la resistencia o la entrega del país a las multinacionales…

Walsh confirma varias cosas con su actitud: Una, fijar, dejar claro, lo que dio el fusilamiento salvaje de inocentes inculpados por el Movimiento de Recuperación Nacional peronista, cuando se encontró con Juan Carlos Livraga, que estaba dispuesto a llevar ante los tribunales (aunque sin éxito, como Walsh informa) a los que pretendieron fusilarle sin haber hecho nada ilegal, cuando vio el tiro de gracia que le traspasó de lado a lado su cara; dos, Walsh dio a conocer en esas fechas el prólogo de lo que ocurriría en Argentina veinte años después con la dictadura; tres, la puesta a punto de sus convicciones personales, esas que lo llevaron a la muerte: ser “fiel al compromiso que asumí hace tiempo de dar testimonio en momentos difíciles”; “creo en el derecho de cualquier ciudadano en divulgar la verdad que conoce, por peligrosa que esta sea”.

Eso fabrica Rodolfo J. Walsh: el desnudo de la realidad, a pesar de que los inicuos queden impunes, y la historia presente de su país, de América y de todos.

Por tal razón hay que rescatar a Walsh, por mucho tiempo que haya pasado desde que lo perdimos, porque nos reconcilia con los hombres.