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Piezas de museo – Por Pedro H. Murillo

   

No lo ha dicho un cualquiera. Lo ha advertido el creador de esa inmensa revolución tecnológica denominada Internet, Tim Berners-Lee, quien ha fichado por la todopoderosa Google y que asegura que nos enfrentaremos en unos años a una etapa digital oscura. La tesis de Lee no es baladí; según su planteamiento, la meteórica innovación tecnológica hace que los soportes de reproducción tengan una vida muy corta. De esta forma, llegará un momento en que lo que denominamos hardware (el ordenador o el reproductor físico) se quede desfasado y no podremos acceder a los datos. Con ello, perderíamos todos los petabytes (para que se hagan una idea un petabyte corresponden a un billón de gigabytes) que hemos guardados en nuestros discos duros, nubes y demás aparatos de almacenamiento. Resulta deliciosamente paradójico que en la era del narcisismo, en donde nos fotografiamos una media de 60 veces al día, nuestros datos se perderán para las generaciones y serán solo líneas de información imposibles de descifrar por nuestros tataranietos. Ríos de caras, cuerpos, mensajes de odio y amores correspondidos, divorcios y cartas de despidos; todo desembocando en el mar de la ausencia y la oscuridad. Con nuestra gran prepotencia tecnológica tendremos que acudir a los soportes clásicos para intentar transmitir algún signo de nuestros tiempos a los arqueólogos del futuro, quienes tendrán más información de los registros fósiles del Cámbrico que de nuestros inmensos egos efímero- tecnológicos. Y sin embargo, todo tiene caducidad, afortunadamente, incluso la piedra. Nuestra memoria es frágil y quebradiza como las herramientas de las que nos servimos. Estudios recientes aseveran que nuestra capacidad de memoria ha disminuido precisamente debido a que disponemos de motores de búsquedas inmediatos que nos salvan, a veces, de meter la pata en una fecha. Dada la sorprendente plasticidad de nuestro cerebro y su increíble sistema de economización de energía, todos aquellos datos que son innecesarios  son eliminados confiando en que permanecen en la memoria subsidiaria de otros soportes. El problema se nos planteará cuando esos soportes de memoria fallen, cuando discos y disquetes no tengan una máquina que descifre sus códigos de información. El avance es meteórico e inexorable. Lo comprobé de primera mano hace poco en el museo de la Biblioteca Nacional, en donde encontré junto a los visores antiguos la máquina para visionar microfilms, una herramienta con la que me quemé los ojos durante cinco años cuando escribí mi tesis. No pude evitar sentirme un lobo estepario entre tanta revolución digital con aquel armatoste, ya pieza de museo , con su pantalla neutra como ojos en blanco.