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Poder de convocatoria – Por Leopoldo Fernández

   

La gran manifestación sabatina de Podemos en Madrid ha constituido una indudable demostración de fuerza y capacidad de convocatoria. Un éxito sin paliativos, aunque el trasfondo tenía un cierto sabor rancio por los eslóganes y los discursos de sus líderes, al amparo de una retórica facilona y de frases manidas y oportunistas. No se puede negar que este partido de izquierda radical se ha convertido en un fenómeno sociológico de primera magnitud. Su irrupción en la vida pública española supone la ruptura con unas formas de hacer política que los partidos tradicionales no han sido capaces de utilizar, como tampoco han sabido combatir a fondo la corrupción y el desencanto de los ciudadanos con la clase dirigente. Como profesores de ciencia política, los líderes de esta nueva formación saben dirigirse a sus fieles y ofrecerles justamente lo que quieren oír: nada de sacrificios, recortes, austeridades y equilibrios presupuestarios. En su lugar, más gasto público, mejores servicios, recuperación de salarios, derechos y poder adquisitivo, caña fiscal a los ricos y poderosos, no a los desahucios, más y mejores pensiones…

La demagogia y el populismo admiten todo tipo de promesas imposibles. ¿De dónde va a sacar el país el dinero que no tiene, cuando además debe hacer frente al pago de más de un billón de euros a sus acreedores? Si ya Podemos tuvo que renunciar a dislates programáticos como la jubilación a los 60 años o la institución de una renta universal, es de esperar que algunas de sus iniciativas sigan adaptándose a la inapelable realidad de las circunstancias económicas, para evitar los engaños de que acusa a sus adversarios. Los dirigentes de Podemos no pueden jugar a la ambigüedad calculada o la indeterminación para tratar de contentar a todos sobre bases tan endebles como la ocultación o negación del origen comunista y anticapitalista radical de su discurso. A la larga es mejor no confundir a la gente con trapisondas o afirmaciones absurdas como que este nuevo partido no es ni de derechas ni de izquierdas, sino el de la mayoría o el del pueblo contra la casta. Recoger y canalizar el descontento popular está muy bien; pero en su servicio a la sociedad, un partido está obligado a hacer propuestas serias y viables, no mero populismo ramplón.