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Ponderación y sensatez – Por Juan Julio Fernández

   

GW -va de acrónimos-, Antonio Garrigues Walker, acaba de escribir en la tercera de ABC (9-2-2015) un artículo con un título, aparentemente enigmático, VUCA, otro acrónimo -en este caso en inglés-, volatility, uncertainity, complexity y ambiguity (volatilidad, incertidumbre, complejidad y ambigüedad), que solo por su ponderación y sensatez merece su apreciación y divulgación. Lo he leído y he podido comentarlo hace un par de días con él personalmente y discutirlo -podríamos decir que académicamente- y he coincidido con sus reflexiones y contenidos, que podrían resumirse en el entorno económico y financiero que estamos viviendo y que, como él concluye, está influyendo en todos los demás entornos, especialmente en el político y el sociológico, por lo que -concluyo yo- su lectura puede arrojarnos luz en un año, este 2015, en el que el escenario político puede quedar oscurecido por un calendario electoral con cuatro o cinco convocatorias en las que la radicalización y polarización de la vida política va a influir, de manera muy notable, en la vida ciudadana.

Un año en que muchos candidatos van a caer en el populismo -prometer soluciones falsas a problemas reales- y en la demagogia -mentir diciendo lo que algunos colectivos quieren oír con ánimo, algunas veces revolucionario-, reduciendo a mínimos “cualquier vestigio de sentido común, de prudencia y de mesura” que es, precisamente, lo que más necesitamos en períodos como el que estamos viviendo, no sólo en España sino en el mundo entero, un final de era “con unos cambios constantes, acelerados e imprevisibles”, como se pregunta Antonio Garrigues. Con este trasfondo, los cambios en el panorama político español van a tener una naturaleza e intensidad similar, “con el ascenso imparable de nuevos partidos” que responde “al distanciamiento de la ciudadanía de los partidos clásicos y a su progresiva pérdida de credibilidad”, en estos momentos bajo mínimos. Y en esto también coincido con Antonio: los cambios son inevitables pero no tienen por qué ser alarmantes, pues los partidos tradicionales tendrán que reaccionar acomodándose a ellos -aunque su capacidad de cambio tropiece con la incredulidad de los ciudadanos y su propio anquilosamiento- y los nuevos tendrán que moderar sus propuestas para convencer a un pueblo -que puede que no sea lo ilustrado que debiera pero que ha demostrado en otras situaciones críticas ser sensato- para que los voten y, sobre todo, si llegan al poder alcanzando las mayorías que les permitan gobernar.

El ejemplo más claro lo tenemos en Grecia. embarcados después del triunfo de Syriza en elucubraciones para decir digo donde dijeron Diego y en malabarismos para quedar bien con los que le votaron por las promesas de acabar con la austeridad y, al tiempo, cumplir con los compromisos adquiridos por los partidos tradicionales que gobernaron antes, sin acometer los necesarios cambios estructurales, apoyándose en la Troika (Unión Europea, Banco Central Europeo y Fondo Monetario Internacional) a la que los de ahora quieren repudiar, aunque pidiéndoles más financiación y aumentando la deuda. Tuve un mínimo protagonismo en la transición del franquismo a la democracia, en la que la sensatez y la prudencia impregnó a todas las fuerzas políticas que la hicieron posible, evitando el caos institucional, incluso con un pronunciamiento más -que al final lo hubo el 23-F, aunque afortunadamente fallido porque nadie quería volver a un pasado traumático- y viví, si no en primera sí en segunda línea, incertidumbres, alarmas y temores, que fueron despejados por la responsabilidad del gobierno y la oposición y el comportamiento sensato del pueblo que, al margen de ideologías, sentimientos y discursos electorales, respondió con pragmatismo y sentido común y confío en que, como concluye Antonio Garrigues en su aleccionador comentario VUCA: “A pesar de las negras apariencias, 2015 puede ser un año importante, un año decisivo, un año grande. Nos lo merecemos”.