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Pongamos que hablo de Madrid, pero en realidad hablo de Europa – Por Fernando Jáuregui

   

No exagero: toda Europa está pendiente de las muchas elecciones que vienen en España, como lo estuvo en el caso de Grecia. En La Moncloa analizan con lupa lo que sobre nuestro país se dice en los principales medios de comunicación y se llega, creo, a una conclusión inquietante: hay poca confianza en España, y esa escasa confianza viene precisamente de la incertidumbre acerca de lo que ocurrirá en estos procesos electorales. Demos por descontado que, pese a todo -especialmente, pese a la buena campaña que hace el candidato popular Moreno Bonilla-, en Andalucía ganará el 22 de marzo el PSOE de Susana Díaz, y que logrará formar gobierno de una u otra forma, pero me parece que nunca con Podemos. Seguro que, una vez más, sustituyo deseos por realidades, pero me parece que no puede cerrarse la puerta a un gran pacto por la regeneración y la recuperación económica con el PP, que ya lo ha venido ofreciendo tímidamente. Sería un nuevo varapalo a esa tajante negativa de Pedro Sánchez a pactar con la derecha; pero ya se sabe que hay un PSOE por encima de Despeñaperros y otro por debajo. Y que, en todo caso, es bastante posible que la gran coalición acabe, allá por enero de 2016, siendo una salida a tanto equilibrio precario. Al tiempo. Luego está el listón, tremendo tanto para Sánchez como para Rajoy, del 24 de mayo. Las elecciones autonómicas y municipales van a dar resultados variopintos, inesperados en puntos cruciales -la Comunidad valenciana, Madrid, algunas capitales andaluzas, donde el PP podría perder su hegemonía-: como siempre ocurre en este tipo de elecciones, todos reclamarán haber ganado, ya sea en alcaldías, en concejalías, en votos o en las ciudades más importantes.

Por eso mismo, lo que ocurra en Madrid será la clave, y lo va a ser tanto que el secretario general del PSOE se arriesgó a dar el golpe de timón que propició la violenta salida de Tomás Gómez de la candidatura a la presidencia de la Comunidad de Madrid para ser sustituido por una figura seria, quizá con poco carisma pero con fama de honradez y de rigor intelectual, como Angel Gabilondo. Un buen ticket el de Gabilondo con el aspirante a la alcaldía, el inquieto Antonio Miguel Carmona, y eso lo saben bien en el PP, donde las encuestas rugen como leones hambrientos de votos: a Rajoy le quedan apenas horas para desvelar quién diablos será el candidato madrileño a la presidencia de la Comunidad -lo será casi con seguridad el actual inquilino de la Puerta del Sol, Ignacio González, que no acaba de convencer en la sede de Génova, pero no hay más, al parecer-. Y, sobre todo, quién encabezará el cartel para ganar el ayuntamiento más emblemático de España, del que se dice, con razón, que tiene más poder y presupuesto que tres o cuatro ministerios juntos. Me dicen sus cercanos que Esperanza Aguirre acaricia ya la nominación. A mi juicio, sería un error: no da imagen de renovación y no ha explicado aún por qué abandonó, en su día, la presidencia de la comunidad. No se lleva, ni se llevará, bien con Rajoy, ni con Soraya Sáenz de Santamaría, a la que algunos aún tratan de convencer para que acepte la nominación. En todo caso, la designación digital de Mariano -el presidente todavía anima la ficción de que hay un comité electoral que decide de manera independiente- , supone que habrá notición seguro. Porque no hablamos de Madrid, sino de la imagen ganadora o perdedora en la principal batalla municipal y autonómica: Rajoy o Sánchez. Ganar dará alas a cualquiera de los dos de cara a las generales de noviembre o diciembre. Perder… para Sánchez sería un duro golpe. Para Rajoy, quizá menos, pero también, aunque nadie se plantea su relevo a corto plazo, por más que su popularidad personal en las encuestas siga siendo desesperantemente baja. Está, ya digo, todo abierto -y ni siquiera he citado esas hipotéticas elecciones catalanas convocadas por Mas con ocho meses de antelación- y así lo constatan los analistas más agudos en toda Europa. Rajoy representa una concepción de la UE, siempre fiel a los dictados alemanes. Sánchez aún debe definir, más allá de sus patadas en las espinillas de Juncker, con quién se quiere alinear. Lo de Podemos, más que saberlo, lo adivinamos: ese, y el catalán, es precisamente el factor que más inquietudes provoca por encima de los Pirineos, donde, por cierto, no faltan motivos de aprensión con las tendencias electorales en otros países. Y ese es precisamente el discurso que, en mi opinión, viene faltando en los más bien romos debates preelectorales de fin de semana por toda España: la vista puesta en Europa, que puede ser la salvación o la perdición. Algo de esto oiremos, en todo caso, el próximo sábado, cuando los líderes socialistas europeos se congreguen en Madrid para dar a Pedro Sánchez un apoyo que necesita casi desesperadamente.