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La primera piedra – Por Miguel L. Tejera Jordán

   

Estando Jesús en el templo, se le acercaron los maestros de la ley y los fariseos y le dijeron que una mujer había sido sorprendida cometiendo el delito de adulterio y le preguntaron si, de acuerdo con las leyes de Moisés, debían lapidarla. Jesús les respondió diciendo: “El que esté libre de pecado, que arroje la primera piedra” (Juan, 8:1-7, NVI, Nueva Biblia Internacional). A los pocos días, se le acercaron 44 millones de españoles y se quejaron al señor, diciéndole que la clase política del país y todos sus integrantes estaban saqueando los bolsillos del pueblo, dejándolo en la miseria. Y también le preguntaron si debían lapidarla. A lo que Jesús contestó: “Sí, podéis lapidarla. Os libero de todo pecado para que le arrojéis piedras; qué digo: bloques de hormigón, cemento armado, revuelto o concreto, como queráis llamarlo. Pues en verdad en verdad os digo que sufrís la lacra de unos políticos corruptos que os están dejando en los huesos y secando la leche de la teta de vuestra vaca y que deben ser sepultados bajo una pesada losa”.

Enseguida, pensándolo mejor, el señor cambió de parecer y habló a los españoles de esta manera: “Mejor no les lapidéis, pues ya lo hacen ellos mismos solitos. ¿Acaso no ven cómo el Partido Popular arremete contra el PSOE, Izquierda Unida contra Podemos, Podemos contra todo quisque y el PSOE contra sí mismo…”.

Y sus catolocísimos discípulos, aprendiendo de las enseñanzas del señor, consideraron la inteligencia de sus palabras y aprobaron dejar que los políticos españoles se despellejaran entre ellos, arrancándose las entrañas los unos a los otros, hasta que el solar patrio quedara libre de tanta mamandurria y ladronicia. Y, reunidos en asamblea, reconocieron que la clase política estaba corrompida hasta la médula. Toda ella. Y que parecía no existir nadie que no estuviera contaminado por el amor a los dineros ajenos. Desde una parte de la familia del jefe del estado, pasando por gobiernos nacionales y autonómicos, diputados y senadores, diputaciones y cabildos, ayuntamientos, partidos políticos, organizaciones sindicales, confederaciones empresariales, clubes de fútbol, banqueros y exbanqueros.

Y algunos de los 44 millones de reunidos, argumentaron que de la corruptela no se escapaba ni el gato. De tal modo, que viendo el comportamiento de sus jefes naturales, muchos funcionarios de toda condición hacían lo mismo, extendiéndose el mal como un cáncer y enfermando de muerte a la sociedad entera. Tal es así que un manto de sospecha pesaba ya sobre jueces y magistrados que dictaban sentencias, cuando menos poco acordes con las tablas de la ley ciudadana. Lacra que hacía mella en policías, actores y cantantes que evadían dineros a cuentas secretas de bancos extranjeros; así como jugadores de fútbol, secretarios e interventores de ayuntamientos, arquitectos y jefes de obras y la madre que los parió a todos ellos.

Y el señor les volvió a convocar y les habló de esta guisa: “No lloréis como esclavos lo que no supisteis defender como ciudadanos, falsos demócratas”. Y extrayendo de un baúl su famoso látigo, se lo entregó a la multitud diciéndoles: “Id y usad mi látigo para expulsar a los ladrones de vuestra casa, de la misma manera que hice yo con los mercaderes del templo”.

Y cuentan las crónicas que hasta Juan Carlos Monedero dejó de hacer honor a su apellido, se hizo franciscano y marchó a las misiones a predicar contra los males de la casta. De la casta ajena…