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Regalo de un rey, milagro de un ángel

   
El puente del Rey, o de Hierro, sobre el barranco Hondo, une desde hace un siglo a los municipios norteños de Santa Úrsula y La Victoria de Acentejo. / MOISÉS PÉREZ

El puente del Rey, o de Hierro, sobre el barranco Hondo, une desde hace un siglo a los municipios norteños de Santa Úrsula y La Victoria de Acentejo. / MOISÉS PÉREZ

AGUSTÍN M. GONZÁLEZ | Santa Cruz de Tenerife

La historia de los pueblos la cuentan muchas veces las piedras que logran mantenerse en pie con el paso de los años y de la vida. La historia de Santa Úrsula y La Victoria de Acentejo tiene un capítulo común que marcó para ambas localidades un antes y un después, con un puente de protagonista. Sucedió hace ahora casi 106 años, pero conviene recordarlo porque fue excepcional desde muchos puntos de vista. En 1909 se inauguró el puente del rey Alfonso XIII, un viaducto sobre el barranco Hondo que fue la primera obra de cemento armado de Canarias. Por suerte, hay un libro que recogió testimonios, documentos y hasta fotografías de aquel acontecimiento. Es un libro escrito por un alcalde que cuenta cómo un ángel que bajó del cielo convenció a un rey para que regalara un puente a su pueblo. Parece un cuento, pero fue una historia real… y sorprendente. El exalcalde de La Victoria de Acentejo Alfonso Fernández García la recogió en su libro titulado Historia de un puente.

Todo empezó en 1906 con la visita oficial al Archipiélago canario del rey Alfonso XIII, acompañado de varios ministros. Las Islas se encontraban entonces en una situación de total abandono y el viaje del monarca -cuyo prestigio y popularidad habían caído tras el desastre de la Guerra de Cuba- pretendía acallar las protestas y el malestar de las instituciones y del pueblo canario. Don Alfonso desembarcó en Santa Cruz Tenerife el 26 de marzo y fue objeto de una recepción multitudinaria. Era el primer rey que visitaba la Isla.

Dos días después salió de excursión por la zona Norte. Durante el recorrido, los vecinos de Santa Úrsula y La Victoria aprovecharon la oportunidad para solicitarle al rey que se construyera un puente sobre el barranco Hondo, con el fin de mejorar las comunicaciones entre ambos pueblos e impulsar el desarrollo de una comarca sumida en el aislamiento y la pobreza.

Alfonso XIII no sólo tomó buena nota de aquella anhelada aspiración vecinal, sino que ordenó al Gobierno de forma inmediata, mediante un Real Decreto de 27 de marzo de 1906, la construcción de un puente viaducto sobre el barranco Hondo, en la denominada carretera de segundo orden de La Orotava a Santa Cruz. La obra supuso un auténtico hito técnico, histórico y social. Fue el primer proyecto de hormigón armado que se construyó en Canarias y uno de los primeros de toda España, puesto que la invención de esta revolucionaria mezcla se había producido en 1892 en Francia por Francois Hennebique.
Aun hoy en día sorprende la celeridad con la que se ordenó y ejecutó semejante obra, que apenas tres años después de la visita del rey ya estaba terminada y en uso. Se da además la circunstancia de que fue de las pocas realizaciones propiciadas por aquella histórica visita real, que resultó más una operación de maquillaje y propaganda que otra cosa. Lo cierto es que aparte del puente de Hierro entre Santa Úrsula y La Victoria, las únicas promesas del viaje de Alfonso XIII que se vieron cumplidas fueron la cesión del Castillo San Cristóbal al Ayuntamiento de Santa Cruz, la Escuela de Artes y Oficios y una granja agrícola.

Los técnicos actuales coinciden en calificar al viaducto de Barranco Hondo como “una excepcional obra de ingeniería, innovadora y vanguardista”. El proyecto fue encargado al ingeniero de caminos José Eugenio Rivera, por Real Orden de 16 de septiembre de 1907. En esa misma fecha se adjudicaron las obras al contratista madrileño Luis Gomendio Saleses y la Compañía de Construcciones Hidráulicas y Civiles, por la cantidad de 124.448,57 pesetas. El 25 de mayo, el rey aprobó el proyecto y el presupuesto reformados. A mediados de 1908 comenzaron las obras. El ingeniero Rivera decidió construir un arco único para eludir dificultades en los cimientos por las características del terreno, con partes escoriáceas volcánicas. El puente tenía 83,20 metros de longitud y un fondo máximo hasta el barranco de 32,20 metros. El ancho de la calzada era de 5,5, más dos andenes laterales para peatones de 65 centímetros.

Por lo innovador del diseño se le bautizó como sistema Rivera en todos los tratados técnicos de la época. La ejemplaridad de la obra quedó además plasmada en una maqueta a escala en la antigua Escuela de Ingenieros de Caminos de Madrid. Un siglo después, los pilares y estructura del puente del Rey se encuentran en perfecto estado, aunque a principios de los ochenta sufrió una reforma a fondo.

La leyenda de la misteriosa niña que cautivó al monarca

El periódico La Época describió que a lo largo del trayecto del rey Alfonso XIII por la Isla se levantaron numerosos arcos triunfales. El de La Victoria estaba situado en una de las curvas donde se iniciaba la carretera de San Clemente. Eran dos palos de madera, altos y fuertes, que cruzaban entre ambos una cuerda de la que pendía un cesto grande adornado. Junto a su base esperaban las autoridades locales, nerviosas porque no sabían si la comitiva real se detendría o pasaba de largo. Los presentes comenzaron a aplaudir al ver aparecer la caravana. Justo en el instante en que el coche del rey se aproximó al arco, comenzó a descender del mismo un cesto adornado con flores, y dentro de él una niña vestida de ángel. El coche del rey se detuvo. La niña bajó del cesto, se dirigió a don Alfonso y, tras hacerle una reverencia, le entregó un escrito en el que los alcaldes de La Victoria y Santa Úrsula pedían al monarca la construcción del ansiado puente sobre el barranco Hondo. El rey miró a la niña fijamente. Luego le sonrió, le pasó la mano por la cabeza profundamente emocionado y recogió el papel. Gracias a esta original argucia, los dos pueblos vieron pronto hecho realidad su anhelo. Según averiguó Alfonso Fernández, la niña se llamaba Ana, tenía seis años y era de una familia victoriera apodada las Españolas, e hija de un “escribiente” del Ayuntamiento de Santa Úrsula. Al parecer, la niña marchó muy joven a Brasil y nunca más se supo de ella. Pero quedó su leyenda.

La otra cara del puente: el salto de los suicidas

La historia del puente del Rey tiene también un capítulo trágico que se prolonga por sus más de cien años de existencia. Tal y como ha escrito el exalcalde victoriero Manuel Correa, “desde su inicio el puente fue testificando historias de suicidio, de desagradable vuelo y triste muerte. Son más de 20 casos que cual récord macabro forman parte indisoluble de la existencia del puente”. Apunta Correa que ya en 1911 se produjo el primer suicido de un hombre, llamado Claudio González, que años más tarde fue emulado por su nieto. La mayoría de los casos coinciden en un detalle: los saltos al vacío son siempre por el lado derecho. Son una veintena de historias de conflictos interpersonales, de penurias económicas, de salud desahuciada o de amores y desamores, como la de una joven María que embarazada de su novio y sintiendo el rechazo de unos padres que no toleraban tal deshonra, se lanzó un día al vacío. En cambio, Adán, de 20 años, sobrevivió milagrosamente en 2003, porque los zarzales amortiguaron su caída desde 20 metros. La última suicida de la que se tiene noticia fue la joven Teresita, que el 27 de marzo de 2004 se dejó caer al vacío tras rezar en la cruz del Puente.