X
el dardo>

La soberbia de Iglesias – Por Leopoldo Fernández

   

En un ejercicio de soberana inmodestia y egolatría, Pablo Iglesias, el secretario general de Podemos, ha decidido proclamarse a sí mismo líder de la oposición. No importa que su formación política, con algunos escándalos a cuestas pese a su corta vida, carezca de representación en ayuntamientos, cabildos, diputaciones, gobiernos, parlamentos y organismos, ni que nunca haya pasado por las urnas, salvo en las últimas elecciones europeas. Con tan escaso bagaje y recorrido y el solo apoyo de unas encuestas, el líder de Podemos -y lo mismo hacen sus colaboradores más cercanos- ningunea a los grandes partidos y realiza un ejercicio de altivez y fanfarronería que implica grave desprecio y falta de respeto a la democracia y las instituciones. Y ya, en el colmo del envaramiento y la arrogancia, desafía al presidente Rajoy a un mano a mano que no se le ocurriría ni al conde de Mirabeau, aquel que, sintiéndose un ser superior, en el lecho de muerte decía a su criado: “Sostén mi cabeza, que es la más vasta de Francia”. Salvo que -sin razones objetivas para ello- se tenga una obsesión enfermiza de sentirse superior a cuantos le rodean, que pudiera ser el caso de Iglesias, a ningún recién llegado a la política se le ocurriría montar en un teatro un simulacro de respuesta al debate sobre el estado de la nación y menos aún autootorgarse una legitimidad inventada. Prefiero no hablar del programa político de Podemos, que incluye compendios infumables del fracasado recetario comunista; me centro sólo en la clamorosa ausencia de esa sencillez que adorna a las personas inteligentes y a quienes están dispuestos a escuchar con respeto los mensajes ajenos, porque pueden mejorar y/o complementar los propios y enriquecer el discurso político. En lugar de ello, un Iglesias arrogante, demagogo y endiosado olvida algo tan simple que hasta el humanitario leonismo incorpora a sus señas de identidad: que el liderazgo exige una gran dosis de modestia y humildad y es incompatible con la soberbia, el engreimiento, la arrogancia, la egolatría, la altivez o la vanidad. Un líder narcisista, fatuo o presuntuoso, con demasiado amor propio, convencido de la propia excelencia, admirador de sí mismo y enamorado de su persona, será siempre un líder deplorable. Y además, peligroso.