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Sucede que, pese a todo, Rajoy y Sánchez existen – Por Fernando Jáuregui

   

Queda desmentido Antonio Machado: no ha de helarnos el corazón una de las dos Españas. Hay, al menos, tres: la que pinta el Gobierno, la que muestra la oposición, y la que está fuera del hemiciclo, llámese Podemos -que, aunque en espíritu, estuvo más dentro que en el exterior del edificio del Congreso: todos miraban de reojo a la formación de Pablo Iglesias-, Ganemos, Ciudadanos o plataforma de reivindicación de algo. O sea, hay lo que podríamos llamar una incipiente reestructuración partidaria y también una sociedad civil desorganizada, algo caótica incluso, andando por ahí, reivindicando su derecho a hablar, a representar alguna idea y a algunos colectivos.

El debate sobre el estado de la nación nunca ha representado, naturalmente, a la totalidad de la nación. Pero acaso nunca la representó menos que este año. Los discursos de los dos principales oradores, y sus encontronazos posteriores, certificaron, en opinión de muchos, el fin del bipartidismo… a menos que ellos mismos, Rajoy y Sánchez, lo remienden: a mí me parece que la gente quiere más acuerdos que broncas en los que uno llama al otro “sinvergüenza” y el otro al uno “patético”. Sirven, al menos, estos debates para comprobar cuál es el estado moral no de la nación, sino el de quienes dicen representarla y, en puridad democrática, la representan. Y, si usted excluye algunas de las ofertas limitadas -que bienvenidas sean, desde luego- hechas por el presidente desde el atril, la verdad es que quedó muy patente la ausencia de ideas verdaderamente nuevas, que coloquen al país a la altura que merece de cara a ese año emblemático de 2020.

Preguntar y preguntarse quién ganó el debate no deja de ser un juego estéril. A mí me pareció que tanto Sánchez, como Rajoy, como el debutante Alberto Garzón o el saliente Duran i Lleida, o la propia Rosa Díez, se mantuvieron en los niveles del aprobado como parlamentarios y del suspenso -quizá con la excepción del portavoz catalán, que ya va de salida- como estadistas. ¿No se han dado cuenta aún de que las circunstancias, la situación nacional, europea, mundial, exigen otros planteamientos, un vuelo a mayor altura, que incluya la regeneración de nuestra democracia?

Claro que las críticas a este vuelo rasante no pueden hacer olvidar que la realidad hoy existente es la de los partidos que llenan el hemiciclo: otra cosa será lo que ocurra allá por diciembre, cuando los escaños se llenen de voces y caras nuevas, pero tengo la impresión de que no conviene vender la piel del oso antes de que el oso haya sido cazado. El trato que desde algún medio audiovisual se dio a los participantes en el debate fue, en comparación con la veneración con la que fueron tratados los de fuera, casi escandaloso: no se puede invocar la libertad de expresión, pienso, para hacer mofa de las instituciones, para devaluarlas más de lo que las propias instituciones se devalúan. Y los oradores que intervinieron en el hemiciclo merecen al menos tanto respeto como quienes tratan de abrirse paso desde foros por el momento extraparlamentarios.

Por lo demás, cierto es que el debate del estado de (una parte de) la nación refleja que el país ha cambiado no poco desde que este tipo de actos se introdujeron en nuestra vida parlamentaria, allá por 1983. Ya no se habla de ETA, ni de la inseguridad ciudadana, y se habla más de corrupción y de las limitaciones de la llamada clase política. Pero, básicamente, el esquema bipartidista sigue siendo el mismo, como si no hubiese amenazas reales a la integridad territorial, como si no hubiese un porcentaje estimable de españoles que, indignados, se aferran a otras soluciones ajenas al parlamentarismo que ahora mismo existe. Y ninguno de quienes subieron al atril, comenzando por el presidente del Gobierno, que nos repitió su retahíla de autosatisfacciones por lo bien que nos va todo, y siguiendo por el líder de la oposición, que renunció a mirar al Estado porque estaba mirando hacia su propio grupo, pareció darse cuenta de ello.