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Tormenta de verano – Por Indra Kishinchand

   

Por eso viví sin límites. Sentí sin límites. Arrasé sin límites con los restos del naufragio. Yo empecé a viajar para encontrarte y cuando te encontré viajé para olvidarte. Al principio todos los jueves tenían tintes de domingo y solo rememoraba la isla de la que provenía. Recordé que en aquella tierra solo se ahogaban quienes no eran de allí porque al llegar ignoraban que el odio era un terremoto invernal. Nosotros siempre habíamos sido muy cálidos y a pesar de algunos intentos mantuvimos las creencias tan firmes como las alas. Recapitulé todos los días de una vida que caben en la memoria y entendí que en aquella isla se fraguaban los miedos en compañía; nadie sabía vivir sin un mar que nos rodeaba con la esperanza de convertirse algún día en nuestra perdición. Ruina o salvación, el caso es que era él quien decidía cómo, cuándo y por qué marchaban sus gentes. Afortunadamente siempre acertaba y al final no quedaba más remedio que agradecer su furia. Eso solo pasaba con él. Me abandoné, de nuevo, al recuerdo de unos días en los que agradecí al mar que me dejara estar, que me permitiera ser sin límites. Porque volver a aquel universo producía la extraña sensación de no haberse ido nunca. Y entonces empecé a viajar; exploré para encontrarme y recordé que siempre había pertenecido a algún lugar.