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El totalitarismo de la fiesta – Por Saray Encinoso

   

Hace algunos años se cansó de escribir ficción y lamentó no haber sido capaz de ver lo que ocurría delante de sus narices. Fue entonces cuando decidió convertir la hemeroteca de El País en su segunda casa. Quería volver a leer todas las informaciones que alertaban del desastre. Antonio Muñoz Molina escribió en 2011 Todo lo que era sólido, un brillante ensayo sobre los desbarajustes cívicos de España, un país que eludió infinidad de controles con la excusa de crecer y equiparse a una Europa a la que había llegado tarde, y que, en ese ascenso, permitió que la especulación fuera una forma de vida. Soledad Gallego Díaz, la periodista que firmó la entrevista que se publicó en El País Semanal cuando el libro salió a la venta, habló con el escritor de esa labor ardua de consultar periódicos de años muy recientes para descubrir todo lo que habíamos pasado por alto. “La lista de noticias que se recogen en el libro parece ahora increíble”, decía la que fuera directora adjunta del diario de más tirada nacional. “Déjeme que cuente un caso que recuperé en esas lecturas”, rogaba el escritor. “En 2007, un juez de Tenerife reconoció el derecho de un grupo de vecinos a que se bajaran los decibelios máximos del carnaval. No los decibelios del desfile. No, los de las furgonetas que, según la costumbre, se ponen en cualquier parte, en tu puerta, con altavoces a todo meter. A esas personas se les quemaban los portales, se las amenazaba de muerte. Y en los edificios cercanos terminaron por poner carteles que decían: ‘Nosotros no hemos participado en esa demanda’. Es terrible, ¿no? Me interesa mucho esa cosa brutal del totalitarismo de la fiesta. Es mucho más grave de lo que parece. Porque supone la falta de reconocimiento del derecho del otro a vivir su vida. Es una cosa escalofriante”.
El Carnaval de Santa Cruz es un reclamo turístico y la fiesta anual por excelencia. También lo son las Fallas de Valencia, las ferias de Sevilla o del Puerto de Santa María y el carnaval de Cádiz. No se trata de borrar esos diez días del calendario, solo de buscar la mejor forma para que devotos y no devotos de la fiesta disfruten de una ciudad que es de todos. Ensombrecer los ejemplos de alrededor -en todas partes ocurre lo mismo- solo ayuda a que no nos sintamos incómodos. Sin embargo, la necesidad de garantizar el respeto mutuo va más allá de conseguir que la ley no nos arruine la fiesta: la búsqueda de consensos, de pactos, de acuerdos, sustentan la convivencia de cualquier sociedad. Si no cedemos, si no escuchamos, lo único que construimos son trincheras. Y no ocurre solo en Carnavales.
@sarayencinoso