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Wilfred Agbonabvare – Por Luis Ortega

   

Detrás de la pasión y el ruido que desata, de las luces y sombras que lo acompañan, del dinero y los intereses que mueve, como cualquier acción humana, el fútbol contiene personajes y biografías cuya desnuda verdad conmueve las sensibilidades de los viandantes que, pese a las bilis matinales, los sapos por comer y las obligaciones, son capaces de mirar y tocar al prójimo, de verlo y sentirlo como tal. Cuento esta historia con la ilusión de que aliente en la gente sana, y sin mala baba ni prejuicios la solidaridad y la empatía que realmente contiene y éticamente merece una ejemplar minoría a la que nadie aplaude desde la grada. El nigeriano Wilfred Agbonabvare (1966-2015) fue el portero titular de su selección, con la que ganó la Copa de África y alcanzó los octavos de final en el Mundial de Estados Unidos. Fichó por el Rayo Vallecano en 1990 y, en seis temporadas, disputó trescientos encuentros entre primera y segunda división; se erigió en un ídolo del barrio madrileño pero, como tantos otros deportistas que militan en clubes modestos, se retiró y entró en el olvido, con unos discretos ahorros que gastó totalmente en atender a su esposa aquejada de cáncer, la enfermedad que también acabó con su vida en un hospital de Alcalá de Henares. En cuanto se conocieron sus necesidades recientes y su estado de salud, la directiva rayista se movilizó para ayudarle o, cuando menos, cumplir su última voluntad: despedirse de sus tres hijos, a los que no veía desde hacía diez años. No fue necesario acudir a ninguna cuestación o iniciativa solidaria porque la octogenaria Carmen Martínez Ayuso, admiradora del portero, donó la mitad de los 21.000 euros que la plantilla e hinchada del popular equipo reunió para paliar los daños de su inclemente desahucio. No hubo tiempo para el encuentro pero, al menos, lloraron y acompañaron sus restos, rodeados de amigos sinceros. Cuando este deporte de masas satisface curiosidades y morbos con fichas y cifras desvergonzadas, cuando los reyes del domingo -el adjetivo es del gran Luis Molowny, el Mangas- recrean habilidades sobre el césped y excentricidades en la calle, cuando las autoridades fiscales los pillan en actos o intentos defraudatorios, cuando los salarios de los elegidos podrían cubrir carencias de sanidad o educación de muchos ciudadanos, un equipo y personajes humildes de la calle -Wilfred, que volvió a la actualidad, por su fallecimiento- y María -la anciana que se apretó el cinturón para que una familia se reuniera por última vez- dan un aldabonazo de esperanza al desolado panorama diario.