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La catástrofe – Por Leopoldo Fernández

   

Todo el mundo habla de la catástrofe del avión estrellado en los Alpes franceses. Del misterio que la rodea y que, poco a poco, se va develando gracias al fiscal de Marsella, quien decidió agarrarse a la verdad que recogía una de las dos cajas negras, decírsela inmediata y directamente a los familiares de las víctimas y comunicarla después a los periodistas. La tragedia aérea ha puesto a prueba la solidaridad y el espíritu de colaboración europeo, pero sigue dejando en el aire misterios y preocupaciones que no se despejarán, en su caso, hasta pasado mucho tiempo. La actitud del copiloto presuntamente suicida está en el centro del argumentario general. Ya nos sabemos su vida, sus idas y venidas, sus limitaciones y sus capacidades, su vocación desmedida y su temor a perder la licencia de vuelo. Lo que seguramente nunca sabremos es el porqué de su comportamiento, ese arrastrar a 150 personas inocentes a una muerte precipitada. Por eso surgen las especulaciones, los supuestos, las hipótesis, casi siempre sin el rigor exigible cuando se trata de exaltar el morbo y elevar a la categoría de espectáculo periodístico las consecuencias de una tragedia que desafía la razón y la lógica hasta caer en la desventura y el horror humano. Siguen en el aire, y seguramente permanecerán desconocidas para siempre, las razones que tuvo Andreas Lubitz en su determinación de hacer el mal y provocar tanta crueldad sin sentido. Las autoridades aeronáuticas se aprestan a revisar los protocolos de seguridad aérea, a introducir nuevos controles y medidas para garantizar la confianza y protección de los vuelos -primera norma universal de la aviación- ante eventuales atentados terroristas o por si surge cualquier incidencia externa, no técnica, que coloque a los aviones en situación de emergencia.
También se habla ya de mejorar el entrenamiento y las pruebas psicológicas y médicas a que son sometidos los pilotos ya que, a juzgar por lo ocurrido con Lubitz, la sola sospecha de trastorno de personalidad, depresión o conducta paranoica debería impedir la posibilidad de volar. Aun así, siempre permanecerá esa combinación de causas y circunstancias imprevisibles que llamamos azar, unido a los misterios insondables del alma humana, que a veces la mueven para actuar irreflexivamente.