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Cuestión de enfoque – Por Félix Díaz Hernández

   

Mirar la vida a través del visor de una cámara, por definición, recorta la visión global del mundo que nos rodea. Afinar el ojo revisando encuadres, elementos, objetos que queremos incorporar a nuestra imagen de ese instante no deja de ser un ejercicio de subjetividad creativa. Al final, el resultado de lo que sale en la fotografía tiene mucho de nosotros mismos, de nuestra sensibilidad, pero de esa que no se mide o gradúa en escala ISO. Ese mágico instante de apretar el disparador, congelar en el tiempo una escena, a unas personas, ha ido perdiendo valor con los formatos digitales respecto a la apretada selección de acontecimientos que nos imponían los carretes fotográficos. Lejos de nostalgias analógicas, la sustancia de este comentario pretendo centrarla en cómo, de qué manera, la evolución tecnológica nos recorta la visión de la vida. Imparable se ha vuelto la necesidad, ansiedad por retratar cualquier reunión, acontecimiento; convertir en exposición pública todo lo que hacemos, comemos… Los modernos aparatos, creo que ya a estas alturas mal llamados teléfonos móviles, se han convertido en la ventana por la que vemos y exportamos nuestra vida casi sin filtros. Cientos, miles de imágenes congeladas habitan las galerías fotográficas que se almacenan en los modernos smartphones, sin futuro; sin más destino que ser eliminadas cuando la tarjeta de memoria nos apriete el cogote.

La vida dibuja demasiadas aristas, sombras, claroscuros, protagonistas en segundo plano y desenfoques selectivos como para tratar de encerrarla en una imagen. La calidad de nuestras vivencias no se puede ceñir a cadenas, cuadrículas de píxeles o histogramas de tonos. Salgámonos del marco, tratemos de mirar utilizando los dos ojos; enfocando, a intervalos, cerca y lejos; no permitiendo edulcorar los instantes de la realidad con las herramientas de edición. Aceptar las cosas como vienen también es una decisión, y enfocar cada jornada como si fuera la última debería ser una obligación.