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Un debate sin consecuencias y prescindible – Por Leopoldo Fernández Cabeza de Vaca

   

Salvo circunstancias excepcionales, los debates sobre el estado de la nacionalidad no suelen servir para mucho: no aportan nada más allá del eventual lucimiento personal de los portavoces de los distintos partidos. Aparte la caña dialéctica habitual contra el Gobierno, al final los duelos parlamentarios quedan en meros fogonazos mediáticos. Ni siquiera las resoluciones aprobadas y consensuadas como resumen de la sesión, cuyo cumplimiento no es obligatorio, sirven para otra cosa que no sea el repetitivo afán de recomendar gestiones, reclamar iniciativas y propuestas populistas o bonachonas y cosas por el estilo.

El debate de esta semana en el Parlamento de Canarias ha sido uno más de la serie, y si ha aportado alguna novedad ha sido la despedida, al unísono, de los hasta ahora dos máximos responsables de Coalición Canaria y la Presidencia del Gobierno, Paulino Rivero, y del PSOE y la vicepresidencia, José Miguel Pérez. Sus respectivas formaciones políticas les dieron la espalda en sus aspiraciones a repetir como candidatos en las elecciones del 24 de mayo, circunstancia que los ha dejado tocados, por no decir quemados, y a tiro de menoscabo por parte de sus adversarios… y hasta de algunos compañeros de partido.

Datos y olvidos

Con todo y con eso, Rivero demostró que conoce bien cada isla, sus necesidades, obras y proyectos. Fue abrumador el dominio y abuso de datos y aun minucias que exhibió el presidente durante las casi dos horas de discurso inicial y otras tantas de réplicas y contrarréplicas. El formato fijado para estos debates otorga indudable ventaja al jefe del Gobierno, que dispone de tiempo ilimitado y, con su intervención inicial, suele perfilar el desarrollo de la cita parlamentaria.

Aun así, Rivero se pasó tres pueblos; más que un análisis de legislatura o de ocho años de gobierno de la comunidad autónoma, el periodo continuo más largo desempeñado por nadie en la historia de nuestra autonomía, su memorizada intervención, sin papeles -sólo utilizó algunas notas manuscritas en las respuestas particularizadas-, resultó plúmbea, espesa e irreal, ya que dibujó una inexistente Canarias idílica y feliz, nada que ver con la verdadera de tantos problemas y carencias.

No obstante, es cierto que el Archipiélago ha vivido durante la legislatura que ahora termina una de las etapas más difíciles de su corta vida democrática. Los obligados recortes llegados desde Madrid para evitar la intervención de la troika y los consiguientes y, también obligados, ajustes aplicados en las Islas han producido inevitables y dolorosos efectos sobre el cuerpo social, sobre todo en su parte más débil, en forma de incremento del desempleo, pobreza y exclusión social. Y menos mal que las subidas del IGIC y el AIEM han arreglado en parte las cosas. Sorprende que en esta tesitura el presidente apenas dedicara el 4 ó 5% de su tiempo a estas cuestiones. Por no hablar del clamoroso silencio sobre el sector agrario, tan necesitado de apoyos expresos, y las escasas referencias al industrial, también de capa caída.

Parece que un debate de investiduras es igual a otro y hasta los discursos podrían servir para cualquier año, ya que los problemas se eternizan y las soluciones no llegan. Por mucho que se apele a culpas ajenas, las propias incapacidades están a la vista de todos, aunque el presidente prefiriera ignorarlas. Ocho años de gestión dan mucho de sí a la hora de la valoración del trabajo realizado, pero sobre éste tampoco se produjeron aportaciones rigurosas ni autocríticas obligadas.

Los oradores prefirieron soltar su rollo y actuar a modo de mitineros, dada la proximidad de las elecciones. Alguno hasta anticipó varios objetivos de sus programas de Gobierno, como la candidata del PP, María Australia Navarro, con su promesa de crear en cuatro años 100.000 nuevos puestos de trabajo.

Petróleo y fracasos

Se ha perdido una legislatura completa a cuenta de la desgraciada cuestión petrolera. Rivero y su Gobierno se agarraron a un populismo frívolo y desnortado que, además de fomentar choques permanentes con el Gobierno central y dividir a los canarios, a la postre ni siquiera va a producir la rentabilidad electoral que se perseguía. Los efectos de estos enfrentamientos los pagan todos los canarios en forma de menos inversiones públicas, menos dinero para financiación autonómica, menos ayudas oficiales. Por primera vez desde la autonomía, el Gobierno autonómico ha preferido dar la espalda al Ejecutivo central y, con la disculpa del petróleo, enfrentarse a él con todo tipo de recursos -políticos, jurídicos, administrativos, dialécticos, en instituciones y foros nacionales y extranjeros-, con los catastróficos resultados de todos conocidos.

En el colmo del dislate político y económico, el Gobierno prefería que no hubiera petróleo en aguas próximas a Canarias y que las Islas no se beneficiaran del mismo, tan necesario para nuestra economía, que precisamente depende de ese líquido oleaginoso en el 95% de su consumo energético. El Ejecutivo autonómico, que incumple sistemáticamente el Plan Energético de Canarias y el Protocolo de Kioto, se muestra incapaz de poner en marcha los planes gasísticos previstos y las iniciativas legales imprescindibles sobre energías renovables, además de olvidar la negociación del REF económico.

Esta parte del REF es la que de verdad importa a la ciudadanía. Favorece la cohesión social y se refiere a cuestiones de la vida diaria como las subvenciones a la depuración de agua, la generación de electricidad, las comunicaciones y el transporte de personas y mercancías; los planes de empleo, telecomunicaciones y de infraestructuras turísticas; los convenios de carreteras, educación y obras hidráulicas; la innovación y la investigación, etc. Todas estas ayudas económicas tratan de compensar los problemas estructurales y la situación de inferioridad en que se encuentra el Archipiélago en función de su lejanía, fragmentación y dispersión territorial, escaso mercado interior y falta de recursos naturales.

Olvidos y fracasos

Lo sorprendente es que el Gobierno canario se haya olvidado de negociar no sólo el REF económico sino el reglamento mismo del REF fiscal. Ahora, deprisa y corriendo, cuando muere la legislatura, trata de poner de acuerdo a agentes sociales y económicos para llevar al Parlamento autonómico una propuesta de texto articulado para el REF económico que, una vez aprobada, sería remitida al Ministerio de Hacienda. Se trata de una decisión sin precedentes, atendida hasta ahora en los Presupuestos del Estado de cada año. Sin negociación previa con Madrid, el asunto difícilmente prosperará por más que la aspiración canaria sea justísima porque un asunto de esta importancia no debe quedar sometido a la voluntad política de cada Gobierno y de cada anualidad. Estas cosas se deben negociar de otra manera, con contactos previos y en un clima de lealtad y cordialidad, no de desapego y confrontación. El ejemplo de los acuerdos del Parlamento de Canarias sobre el petróleo están ahí como mudos testigos de un mal proceder sin mayor incidencia en las decisiones del Ejecutivo de Rajoy. Prefiero no entrar en otras consideraciones sobre asuntos como la dependencia o las listas de espera sanitaria y las urgencias en los hospitales públicos. Por más que se empeñe el presidente en presentar un panorama esperanzador, no va a cambiar la realidad, como le recordaron los portavoces de la oposición. El discurso de Rivero ha sido un punto y final a una manera de gobernar, aunque no niego yo la buena voluntad existente en el Gobierno en materia social, como lo prueban esos 31 nuevos millones de euros para ayudas anunciados por el presidente. Las formas, los modos y las soberbias han echado a perder una legislatura que será recordada por el petróleo, la crisis y sus gravísimas consecuencias, el intervencionismo gubernamental y la pérdida de tiempo. En contra de lo dicho por el presidente, no creo que Canarias se halle en las mejores condiciones para salir de la crisis. Ni tampoco que este Gobierno se haya distinguido por su solidez, coherencia, honestidad, limpieza y transparencia, alejado de corruptelas y sin causas judiciales pendientes. Al contrario, como recordaba Paco Pomares en este mismo periódico, la ocultación, la discrecionalidad, el sectarismo, la falta de consenso, los escándalos judiciales, la arbitrariedad y los errores de bulto han quedado bien acreditados, con numerosos ejemplos, en este fin de ciclo del paulinato.